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El club de la lucha, Chuck Palahniuk

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"Tyler me consigue un trabajo de camarero, después me mete una pistola en la boca y me dice que para alcanzar la vida eterna primero tienes que morirte. Sin embargo, durante mucho tiempo Tyler y yo fuimos muy buenos amigos. La gente siempre me pregunta si conocía a Tyler Durden. El cañón de la pistola me oprime el fondo de la garganta, y Tyler dice: —En realidad, no moriremos. Descubro con la lengua los agujeros del silenciador que taladramos en el cañón de la pistola. La mayor parte del ruido que hace un disparo se debe a la expansión de los gases y al pequeño sónico que provoca la bala al salir tan rápidamente. Para fabricar un silenciador hay que taladrar agujeros, un montón de agujeros, en el cañón del arma. De esta forma se logra una descompresión que hace que la velocidad de la bala sea menor que la del sonido.  Si taladras mal los agujeros, la pistola te volará la mano. —En realidad, esto no es la muerte —dice Tyler—. Seremos una leyenda. No envejeceremos ". El club de...

La travesía final, José Calvo Poyato

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"Cuando salió a la calle, el sol estaba apuntado por el horizonte y se encaminó a Santa María del Campo, donde estaban los hombres. Allí todos oyeron misa. Después se encaminaron hacia la Pescadería y montaron en los botes, que dieron numerosos viajes para dejar a los tripulantes a bordo. Poco a poco se habían ido concentrado gente en la playa; cuando terminó el embarque eran una multitud. Aquel 24 de julio se iniciaba una travesía llena de incertidumbres. Eran siete barcos y casi medio millar de hombres. La mandaba Jofré García de Loaysa y su piloto mayor era Juan Sebastián Elcano". La travesía final. Hace bastante tiempo que leí la magnífica novela de José Calvo Poyato donde relataba la extraordinaria hazaña empezada por el navegante portugués Fernando de Magallanes para llegar a las Indias Orientales buscando un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, y la culminó el marino Juan Sebastián Elcano volviendo a España realizando la primera circunnavegación de la Tierra, e...

Puerto Hurraco, Luis Roso

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"Como para complacer los prejuicios que cualquiera se podría haber formado de ellos, los hermanos Izquierdo llegaron al juzgado de Castuera esa tarde del lunes 27 de agosto todavía vistiendo la ropa con la que habían cometido la matanza, llena de sangre, pólvora y suciedad; parecían dos campesinos recién venidos de la faena, con las camisas a cuadros desabrochadas hasta el pecho y los faldones fuera del pantalón. De complexión baja y ancha, rostros arrugados, mirada vacía y además cejijuntos —sobre todo Emilio, el mayor—, los Izquierdo eran tal cual cabía esperar que fueran: dos aldeanos salidos de otra época, de otro siglo. Dos brutos de los tantos que habitaban en la España profunda. La España negra. Para colmo, su apellido era Izquierdo, con todas las connotaciones que la palabra poseía: siniestro, torcido, malintencionado; levantarse con el «pie izquierdo», ser «dos pues izquierdos». Y no solo se apellidaban Izquierdo, sino Izquierdo Izquierdo, lo que implicaba endogamia y ais...

Temporada baja, Jack Ketchum

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"En el resplandor de los faros se vio pálida y temblorosa, los pies juntos y los brazos extendidos en la parodia invertida de una crucifixión. Miró la piel que habían tocado los hombres y que ella había tocado, ahora colocada hacia arriba, hacia el cielo estrellado y pacífico y supo en ese momento que, consciente o inconsciente, iban a matarla, que no había nada que pudiera decir o hacer que fuese a cambiarlo. Iban a rajarla con la navaja y moriría con su sangre derramándose en la tina y ese sería el final, el de su piel delicada y suave, el de su mente perspicaz que en ese instante, ante su propia pérdida y disolución, se encontraba llena de horror, y de la perpleja voluntad de vivir, vivir y vivir. La dejaba estupefacta. Todavía estaba mirando hacia arriba cuando la navaja descendió y después se movió de nuevo hacia arriba, le quemó el clítoris y continuó con lentitud y esmero sobre su barriga, entre sus pechos hasta llegar por fin al cuello, donde le dio una puñalada a la yugul...

Noctuario, Thomas Ligotti

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Había rezado por un castigo y sus plegarias habían sido atendidas. No la propia pierna, que solo le producía dolor físico e inconveniencias, sino el otro castigo; la soledad. Recordaba que este era el modo en que le habían corregido de niño: castigado al sótano, exiliado a la bodega de fría piedra sin el alivio de la luz, a excepción de un haz brumoso que entraba por un polvoriento ventanuco en un rincón. Y en ese rincón se quedaba de pie, tan cerca como podía de la luz. Fue allí cuando en una ocasión vio una mosca retorciéndose en una tela de araña. La miró y miró y finalmente la araña salió para comenzar a darse un banquete con su presa. Él lo observó todo, aturdido por el horror y el asco. Cuando acabó le entraron ganas de hacer algo. Y lo hizo. Con sigilo de depredador logró agarrar a la pequeña araña y sacarla de su red. En realidad no le supo a nada, y tan solo notó un cosquilleo momentáneo sobre su lengua reseca. "Conversaciones en una lengua muerta".  Nunca soñé que m...

Sangre en la piscina, Agatha Christie

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"Henrietta reflexionó unos instantes. Luego repuso tranquila: —Me imagino que sí. Es decir, si andan buscando algo así. —¡Oh!, lo andarán buscando, eso se lo puedo asegurar. —Sí, ya me suponía yo. —Hizo una pausa, extendió los dedos sobre la rodilla y los contempló. Luego le dirigió una mirada rápida y amistosa—. Bien, monsieur Poirot, ¿qué he de hacer? ¿Ir al inspector Grange y decirle... qué se le dice a un bigote como el suyo? Es un bigote tan doméstico, tan de padre de familia... La mano de Poirot se alzó hacia el hirsuto adorno del labio superior que tan orgulloso ostentaba. —Mientras el mío, mademoiselle... —Su bigote, monsieur Poirot, es un triunfo artístico. No puede asociarse con otra cosa que consigo mismo. Es, estoy segura, único. —Sin el menor género de duda." Sangre en la piscina. Como estamos a las puertas del verano y el calor ya empieza su asfixiante tortura estival, que mejor que sofocar los calores en una buena piscina. Pero hay una pequeña pega, hay un cadá...

Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa

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"Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. El era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la Plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le...