Entradas

Cementerio de animales, Stephen King

Imagen
"Louis miró en torno con inquietud. La niebla se había diluido un poco, pero él aún no podía verse los pies. Entonces oyó crujir unas ramas. Algo se movía en la espesura, algo bastante grande. Abrió la boca para preguntar a Jud si podía ser un alce (en realidad, estaba pensando en un oso), pero volvió a cerrarla sin decir nada. «Es el eco», había dicho Jud. Louis ladeó la cabeza a su vez, imitando a Jud instintivamente sin darse cuenta, y tendió el oído. El sonido, al principio lejano, estaba ahora muy cerca, iba hacia ellos de un modo alarmante. Louis sintió que el sudor le manaba de la frente y le resbalaba por las mejillas agrietadas por el frío. Se cambió de mano la pesada bolsa que contenía el cuerpo de Church. El plástico le resbalaba por la humeda palma. Ahora la cosa parecía estar tan cerca que Louis esperaba verla de un momento a otro alzarse sobre los cuartos traseros, tapando las estrellas con la mole de su cuerpo peludo. Ahora ya no pensaba en un oso. Ahora ya no sabía...

Libros de Sangre I, Clive Barker

Imagen
El joven sobreviviría, eso estaba claro. La sangre ya estaba secándose y la miríada de heridas empezaba a mejorar. Después de todo, estaba sano y fuerte: no quedaría secuela física de importancia. Su belleza había desaparecido para siempre, por supuesto. A partir de ahora podría aspirar en el mejor de los casos a ser un objeto de curiosidad, y en el peor de repugnancia y horror. Pero ella lo protegía y él aprendería con el tiempo a conocerla y confiar en ella. Sus corazones estaban inextricablemente unidos. Y pasado un tiempo, cuando las palabras sobre su cuerpo fueran tan solo rasguños y cicatrices, ella lo leería. Rastrearía con un amor y paciencia infinitos las historias que los muertos habían relatado en su cuerpo. La historia del abdomen, escrita en cursiva fina. El testimonio en letra exquisita y elegante que cubría su rostro y cuero cabelludo. La historia de la espalda y la de las espinillas, y la de las manos. Ella las leería todas, las redactaría, hasta la última sílaba que re...

Dagón y otros cuentos macabros, H. P. Lovecraft

Imagen
Al acercarme a la ciudad sin nombre me di cuenta de que estaba maldita. Avanzaba por un valle terrible y reseco bajo la luna, y la vi a lo lejos emergiendo misteriosamente de las arenas, como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura desecha. El miedo hablaba desde las erosionadas piedras de esta vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la más antigua pirámide; y un aura imperceptible me repelía y me conminaba a retroceder ante antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debía ver, ni nadie se habría atrevido a examinar.  "La ciudad sin nombre". No tengo miedo, ni siquiera de las predicciones del loco Klenze. Lo que he visto no puede ser cierto, y sé que está locura de mi propia voluntad puede conducirme a la asfixia todo lo más, cuando el aire se termine. La luz del templo es una pura alucinación; así que moriré serenamente, como alemán, en las negras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que oigo mientras escribo es tan solo producto de mi ...

La maldición de Hill House, Shirley Jackson

Imagen
"No hay ojo humano capaz de aislar la infeliz coincidencia de línea y lugar que sugiere el mal en la fachada de una casa y, no obstante, una yuxtaposición delirante, un ángulo no resuelto, un encuentro casual entre el tejado y el cielo, convertía Hill House en un lugar angustioso, más aterrador aún porque su fachada parecía estar despierta, vigilante desde las ventanas vacías y con un toque de regocijo en el ceño de una cornisa. Casi cualquier casa, vista de forma inesperada o desde un ángulo imprevisto, puede devolver una mirada profundamente graciosa a quien la observa; incluso una chimenea traviesa o una claraboya como un hoyuelo pueden provocar en el observador una sensación de camaradería. Pero una casa arrogante y odiosa, que nunca baja la guardia, solo puede ser maligna. Aquella casa, que parecía haberse construido a sí misma, encajada en su propio e incontenible patrón por medio de las manos de los albañiles, creando su propio diseño de líneas y ángulos, volvía su enorme c...

La narración de Arthur Gordon Pyn, Edgar Allan Poe

Imagen
"Al estar el cuerpo del que la habían sacado apoyado en la cuerda, los esfuerzos realizados por aquel pájaro carnívoro lo habían hecho balancearse fácilmente de un lado para otro y este movimiento había sido el que en un primer momento vino a darnos la impresión de que estaba vivo. Cuando la gaviota lo liberó de su peso, giró en redondo y se cayó parcialmente, de modo que la cara quedó completamente al descubierto. ¡Sin duda jamás he visto algo tan pavoroso! Le faltaban los ojos y toda la carne que debía rodearle la boca, lo que había dejado sus dientes completamente desnudos. ¡Esta era entonces la sonrisa que tanto nos había alegrado dándonos esperanza! Esta la... -me voy a abstener-. El bergantín, como ya he mencionado, nos pasó por la popa y se fue alejando lentamente a sotavento. Con él y su horrible tripulación se desvanecían todas nuestras alegres previsiones de júbilo y salvación". La narración de Arthur Gordon Pyn. Comienza la temporada del susto literario, del miedo ...

Cuchillo, Salman Rushdie

Imagen
"Según lo publicado por la prensa, el ataque duró veintisiete segundos; en veintisiete segundos —si uno es de mentalidad religiosa— puede recitar entero el padrenuestro. O, pasando de la religión, se podría leer en voz alta un soneto de Shakespeare, el que habla de un día de verano, quizá, o bien mi preferido de todos ellos, el número 130: «No son soles los ojos de mi amada». Catorce versos de pentámetros yámbicos, octava y sexteto; es lo que duró ese momento de intimidad que compartimos el A. y yo y que no volverá a repetirse. «Intimidad entre desconocidos». Es una expresión que he empleado a veces para describir esa cosa jubilosa que acaece en el acto de leer, esa feliz unión de las respectivas vidas interiores de autor y lector. Pero en esta otra unión no hubo asomo de dicha. O quizá la hubo para el A. No en vano había dado con el blanco que buscaba; el filo del cuchillo penetraba, repetidas veces, en el cuerpo del blanco, y el agresor tenía motivos sobrados para pensar que su ...

Aquí todos mienten, Shari Lapena

Imagen
"La búsqueda continua, pero no hay rastro de Avery. Gully sabe que es una carrera contrarreloj; a cada hora que pasa, las posibilidades de encontrarla con vida disminuyen. Sin embargo, inmediatamente después del llamamiento por televisión, empiezan a entrar las llamadas. Unos agentes de uniforme responden a ellas y hacen seguimiento de cada una, salvo las que parecen claramente estrambóticas. Para una ciudad que se enorgullece de su sentido de la vida en comunidad, de cuidarse y os a otros, hay un sorprendente número de personas dispuestas a contar a la policía que tienen un conocido que les resulta extraño o que podría ser un pervertido. Gully suelta un suspiro mientras piensa que, como en todas las ciudades pequeñas, la mentalidad puede ser más estrecha que en las grandes metrópolis". Aquí todos mienten. Adicción. Esto es lo que ha logrado la señora Shari Lapena crear en mi interior con cada capítulo que leía de su novela, despertando un ansia voraz por seguir leyendo, mien...