Noctuario, Thomas Ligotti
Había rezado por un castigo y sus plegarias habían sido atendidas. No la propia pierna, que solo le producía dolor físico e inconveniencias, sino el otro castigo; la soledad. Recordaba que este era el modo en que le habían corregido de niño: castigado al sótano, exiliado a la bodega de fría piedra sin el alivio de la luz, a excepción de un haz brumoso que entraba por un polvoriento ventanuco en un rincón. Y en ese rincón se quedaba de pie, tan cerca como podía de la luz. Fue allí cuando en una ocasión vio una mosca retorciéndose en una tela de araña. La miró y miró y finalmente la araña salió para comenzar a darse un banquete con su presa. Él lo observó todo, aturdido por el horror y el asco. Cuando acabó le entraron ganas de hacer algo. Y lo hizo. Con sigilo de depredador logró agarrar a la pequeña araña y sacarla de su red. En realidad no le supo a nada, y tan solo notó un cosquilleo momentáneo sobre su lengua reseca. "Conversaciones en una lengua muerta". Nunca soñé que m...