Dagón y otros cuentos macabros, H. P. Lovecraft
Al acercarme a la ciudad sin nombre me di cuenta de que estaba maldita. Avanzaba por un valle terrible y reseco bajo la luna, y la vi a lo lejos emergiendo misteriosamente de las arenas, como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura desecha. El miedo hablaba desde las erosionadas piedras de esta vetusta superviviente del diluvio, de esta bisabuela de la más antigua pirámide; y un aura imperceptible me repelía y me conminaba a retroceder ante antiguos y siniestros secretos que ningún hombre debía ver, ni nadie se habría atrevido a examinar. "La ciudad sin nombre". No tengo miedo, ni siquiera de las predicciones del loco Klenze. Lo que he visto no puede ser cierto, y sé que está locura de mi propia voluntad puede conducirme a la asfixia todo lo más, cuando el aire se termine. La luz del templo es una pura alucinación; así que moriré serenamente, como alemán, en las negras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que oigo mientras escribo es tan solo producto de mi ...