Puerto Hurraco, Luis Roso

"Como para complacer los prejuicios que cualquiera se podría haber formado de ellos, los hermanos Izquierdo llegaron al juzgado de Castuera esa tarde del lunes 27 de agosto todavía vistiendo la ropa con la que habían cometido la matanza, llena de sangre, pólvora y suciedad; parecían dos campesinos recién venidos de la faena, con las camisas a cuadros desabrochadas hasta el pecho y los faldones fuera del pantalón. De complexión baja y ancha, rostros arrugados, mirada vacía y además cejijuntos —sobre todo Emilio, el mayor—, los Izquierdo eran tal cual cabía esperar que fueran: dos aldeanos salidos de otra época, de otro siglo. Dos brutos de los tantos que habitaban en la España profunda. La España negra.
Para colmo, su apellido era Izquierdo, con todas las connotaciones que la palabra poseía: siniestro, torcido, malintencionado; levantarse con el «pie izquierdo», ser «dos pues izquierdos». Y no solo se apellidaban Izquierdo, sino Izquierdo Izquierdo, lo que implicaba endogamia y aislamiento, y por ende consanguinidad o hasta incesto y degeneración física y moral.
También el nombre del lugar se había producido el crimen de ajustaba como un guante a eso mismo, a la España negra. Puerto Hurraco —escrito erróneamente sin hache en no pocas ocasiones— poseía una reminiscencia oscura, una resonancia casi macabra: la urraca, un pájaro asociado con la muerte, con la brujería, con la mala suerte. El nombre resultaba inverosímil, como sacado de una mala novela. Era tan tétrico que hasta parecía puesto de forma irónica. ¿Qué podía haber ocurrido en Puerto Hurraco si no una tragedia, un crimen sangriento?"
Puerto Hurraco. El espectáculo del horror.




En una anterior reseña hablé de los crímenes en la llamada España negra, ese espacio mitificado por la literatura y la intelectualidad donde las ancestrales fuerzas atávicas del campo aún subsisten inexorables al paso del tiempo. Pues el libro a reseñar se centra en uno de los casos narrados en el anterior libro pero desde una perspectiva distinta. Luis Roso vuelve dirigir su pluma a un crimen real para elaborar un ensayo/crónica donde lo importante no es el suceso en sí, sino todo el ruido que surgió alrededor, desvirtuando el caso y transformándolo en un espectáculo donde reinó el sensacionalismo y el morbo. Un alegato en contra el periodismo amarillista con bastantes pros y algunos contras. Esto es: Puerto Hurraco. El espectáculo del horror de Luis Roso.

El lugar Puerto Hurraco, los protagonistas un cuarteto de hermanos, unas acusadas de inductoras y los otros responsables de una de las matanzas más sangrientas e indiscriminadas de la historia moderna española. Un pueblo cuyo nombre dicho en voz alta estremece por su violenta conexión a un crimen atroz, sinónimo cruel de una explosión de sangre y fuego, de una España negra y profunda como el luto de las hermanas Izquierdo, que golpeaba desde una desconocida aldea extremeña que pasó de la noche a la mañana de la total ignorancia para el resto del país, a convertirse en profunda cicatriz de dolor y muerte. Nadie olvidará aquella terrible noche del 26 de agosto de 1990, donde Emilio y Antonio Izquierdo, al amparo de la noche, segaron las vidas, dejaron impedidos y destrozaron a muchas personas inocentes en lo que ellos creían que era el cumplimiento de un venganza años rumiada, a tiros de escopeta.

Y hasta aquí el relato que todos los aficionados a la crónica negra española conocemos. Porque Luis Roso no se dedica narrar el caso y ya, su propósito es aportar una visión distinta al caso, centrándose más en todo el ruido mediático que surgió tras la matanza. 

Roso comienza la narración no en Puerto Hurraco, si no en Castuera, una población cercana y mucho más grande que la aldea. A través del periodista del diario Hoy Diego Godoy Vances, que estaba cubriendo un partido de varios equipos de la región, el cual fue el primero que supo que en Puerto Hurraco estaba pasando algo gordo. Lo que no imaginaba es cuánto. 

La noticia fue corriendo como la pólvora a nivel nacional y todos los puntos informativos volvieron la mirada a aquella aldea desconocida y perdida en Extremadura. Las informaciones al principio eran contradictorias. Que uno o varios tiradores estaban tirando a matar a todo lo que se movía en Puerto Hurraco. El número de muertos y heridos era incierto y se daban estimaciones alarmantes. Se hablaba de calles ensangrentadas y llenas de cuerpos, no sé sabía si vivos o muertos. Todo era un caos.

La Guardia Civil desplegó un operativo espectacular para atrapar a los culpables. Tras horas de confusión y terror los disparos parecían haber parado, pero todos estaban alerta por si los tiradores estaban ocultos en el campo cercano a la aldea. Ya se sabían que los responsables eran dos hombres conocidos como Emilio y Antonio Izquierdo, dos hermanos del pueblo que se habían marchado por tener un conflicto con sus vecinos. Conocidos como los "Pataspelás", la inquina con el pueblo parecía surgir cuando se quemó la casa donde vivían con su madre, quién murió en el incendio. Los hermanos estaba peleados con otra familia conocida como los Cabanillas o los "Amadeos", con los que habían tenido algún que otro altercado de sangre. 

Cuando fue detenido uno de los hermanos, Emilio, mientras Antonio huía campo a través perseguido por los guardias, el reportero gráfico Brígido Fernández del Hoyo, tomó una de las fotografías más icónicas del crimen. Flanqueado por dos guardias armados, Emilio corría con la camisa abierta aún sucia y la terrible canana vacía a la cintura. Esta instantánea, junto a la terrible imagen de una calle llena de sillas, donde minutos antes los vecinos tomaban la fresca charlando tranquilamente, ahora vacías sobre un espantoso suelo ensangrentado, sería el comienzo del espectáculo mediático del crimen de Puerto Hurraco.

La detención de Emilio Izquierdo.

Antonio cayó al momento. Con su detención terminaba la acción policial, pero empezaba una maquinaria periodística bochornosa donde la pornografía del dolor se mostraba de forma indecente en periódicos y en las nacientes televisiones privadas. Las dos principales imágenes que reflejan con claridad esta indignidad son el entierro multitudinario de las víctimas y el viaje alucinado de las hermanas Luciana y Ángela Izquierdo. 

Durante los noventa aún coleaba la fama de una revista que hizo de la crónica negra su principal tema. El Caso fue, durante los años de la dictadura y buena parte de los ochenta, una de las publicaciones más populares por el público. Reina indiscutible de los sucesos, con sus portadas impactantes donde los cadáveres de las víctimas podían protagonizar sus portadas, hacían las delicias de sus morbosos lectores gracias a sus crónicas sensacionalistas y llenas de detalles escabrosos. Los principales crímenes de aquellos años como los asesinatos de Jarabo, la envenenadora de Valencia, el asesinato de los marqueses de Urquijo o la matanza del cortijo de Los Galindos, se vendían como churros. 

Pues no iba a ser menos que este semanario de sucesos iba a a acudir, como los buitres a la carroña, al olor de la sangre y la pólvora a Puerto Hurraco. Y con ellos las recientes televisiones. Luis Roso pone el acento en como los medios, tanto gráficos como televisivos, hicieron carnaza de la matanza, cruzando todos los límites posibles. Hoy sería impensable ver imágenes como las que se mostraron en aquellos años. Los periodistas entraron en las casas de las familias para retratar el dolor en un ejercicio de pornografía de la tragedia vomitiva. Los programas emitían en riguroso directo como los doloridos familiares lloraban a sus muertos, cebándose en el dolor. Bochornosa fue la entrevista a una de las niñas supervivientes que había visto morir a sus hermanas. Pero si no se respetaron los velatorios en las casa menos se hizo con los entierros. Las imágenes de los féretros llevados en andas por los familiares, rodeados por miles de vecinos, son parte ya del imaginario colectivo español. Los llantos se mezclaban con gritos desgarrados de impotencia y rabia hacia los asesinos, en una procesión de dolor estremecedora.

La intimidad de un velatorio rota por el objetivo de una cámara.

La segunda imagen que se nos viene a la cabeza al pensar en Puerto Hurraco es la de  las hermanas Izquierdo. Mientras sus hermanos se preparaban para la matanza, Luciana y Ángela de manera inexplicable se marcharon del pueblo donde vivían para viajar a Puertollano. Ellas dijeron que fueron para ir a una óptica, pero aquello resultaba sospechoso. En realidad a donde fueron fue Madrid para entrevistarse con el presidente Felipe González, cosa que, como es normal, no consiguieron. Después de la matanza y la detención de sus hermanos, se corrió la voz de que detrás de la masacre estaban ellas, siendo las instigadoras del crimen. La prensa las busco de manera incesante y fue un reportero de Antena 3 el que las localizó y junto a un cámara las grabó en su viaje de vuelta en tren en unas imágenes que serían historia. 

Las dos hermanas, enlutadas y pegadas una a la otra, lloraban y balbuceaban palabras inconexas e inentendibles. Luciana era la que más hablaba, secundada a coro por Ángela que repetía entre dientes lo que decía de su hermana. Ellas negaban tener algo que ver en lo que habían hecho sus hermanos pero sí que repetían que a su madre la habían asesinado quemándola viva en su casa. La justicia determinó que era imposible demostrar que fueran las inductoras del crimen, pero siempre quedó sobre ellas la sombra de la sospecha como unas brujas diabólicas manipuladoras que comieron la cabeza a sus hermanos para que cometieran la matanza y vengar la muerte de su madre.

Las hermanas Izquierdo en su alucinado viaje en tren retransmitido en directo.

Todo la cobertura mediática de la matanza de Puerto Hurraco fue el preámbulo del nacimiento de la telebasura. La España de los noventa vio nacer a las principales televisiones privadas, Antena 3 y Telecinco, que venían a ganarse el total de la audiencia que ostentaba RTVE y estaban dispuestas a hacerlo como sea. Y vieron que los crímenes vendían. Puerto Hurraco fue el primer crimen retransmitido en directo, tanto que opacó a otros sucesos truculentos de aquellos años como el exorcismo de Almansa. Pero el crimen que dio nacimiento a lo peor del periodismo fue el triple crimen de Alcàsser. Cuando el 13 de noviembre de 1992 desaparecían tres niñas en una pequeña localidad valenciana comenzaría una maquinaria sin precedentes, donde día sí y día también las televisiones ocupaban toda su programación a la desaparición de Miriam, Toñi y Desirée. Todo se convirtió en un circo de tres pistas donde programas como Quién sabe dónde o De tú a tú, con periodistas irresponsables como Nieves Herrero, se dedicaron a dar pábulo a noticias cuanto menos cuestionables. 

Imagen de la vergüenza es la del programa conducido por Herrero en la plaza de Alcàsser con los padres de las niñas y el pueblo entero, donde se supo en directo que habían aparecido los cadáveres de las niñas. Aqui entraron personajes como el presentador Pepe Navarro, conductor del primer late night de éxito, Esta noche cruzamos el Mississippi, y el criminólogo Juan Ignacio Blanco que junto al padre de una de las niñas, dieron comienzo a las teorías de la conspiración de que detrás del crimen estaban un grupo de personajes poderosos y una red de creación y distribución de cintas snuff.

Luis Roso pone el acento en que Puerto Hurraco fue el germen del periodismo sensacionalista al trasformar una terrible matanza en un drama rural digno de Delibes o Cela donde la España atrasada y analfabeta la venganza se obtiene mediante disparos de posta y seguía viva en las postrimerías del moderno siglo XX. Nombrando a periodistas y escritores como Margarita Lodi o Juan Madrid, que metieron en la batidora todos los ingredientes necesarios para elaborar una novela truculenta del crimen: dos familias enfrentadas desde donde se pierde el tiempo, un amor imposible a lo Romeo y Julieta, un asesinato por una linde, una anciana calcinada en su casa mientras un pueblo observa impasible, unas hermanas siniestras que carcomen la cabeza de sus hermanos para vengar la muerte de la madre y una Extremadura anclada en el pasado donde sus habitantes son nada menos que salvajes analfabetos y brutales.

Puerto Hurraco. El espectáculo del horror más que un libro de crónica negra, de la cual no es muy fan el autor, es más una denuncia contra los exceso que estás historias comenten. Luis Roso no es periodista, el mismo lo comenta varias veces, es un novelista al que le gusta narrar historias. Pero como hizo con un crimen que ocurrió en su tierra, sintió que tenía que contar esa historia para enmendar una injusticia. El crimen de Malladas narra como un terrible asesinato de varias personas en una finca llevó a la cárcel a unos inocentes causando un escándalo que llegó hasta el mismísimo Unamuno. Haciendo una equivalencia con Puerto Hurraco, Roso intenta con este libro despejar todas esas exageraciones, tergiversaciones, incluso invenciones, que convirtieron una matanza en un folletín decimonónico de venganzas, odios y amores frustrados con la España negra y rural de fondo, símbolo del atraso. 

Luis Roso como extremeño siente en sus carnes todas esos prejuicios que los habitantes de Puerto Hurraco soportaron a raíz del crimen, siendo retratados como aldeanos atrasados dignos de una novela de Miguel Delibes. La prensa repitió machaconamente la imagen de la España profunda a través de aquella horrible matanza, situando Puerto Hurraco como el epicentro del retraso rural frente a la modernidad de la España de finales de siglo. No era justo. Puede que los Izquierdo si representarán todos esos instintos primarios e incivilizados, pero meter en el mismo saco a todo un pueblo por el comportamiento de unos pocos era una injusticia. 

Otra cosa donde pone el acento el autor es el gran misterio que fue el detonante de la matanza: la muerte de la madre de los Izquierdo en un incendio. Tanto los hermanos como las hermanas repetían que lo que había ocurrido era fruto del odio hacia el pueblo en general, y en la familia Cabanillas en particular, por la muerte de su madre. Los Izquierdo acusaban a Amadeo Cabanillas como el responsable del incendio y a todo Puerto Hurraco como cómplices pasivos por no haber haberles ayudado. La leyenda cuenta que mientras la mujer moría calcinada en la cama, pues estaba impedida, los hermanos estaban más preocupados de sacar los muebles que de salvar a la matriarca. Cosa que no concuerda con el odio que fue carcomiendo a los hermanos hasta el punto de que el único sentimiento que les invadía el alma era la venganza por su madre quemada viva y como no obtuvieron justicia ellos la obtendrían a base de tiros. 

Roso considera que tanto con la madre muerta, como con Luciana y Ángela, la maquinaria mediática cometió una injusticia con ellas. La primera pues a pesar de que no se pudo probar, estaba más que claro que aquel incendio fue provocado, al encontrarse restos de gasolina, por lo que la anciana fue asesinada y sus asesinos o asesinos campaban a sus anchas sin que la justicia aclarará que fue lo que ocurrió. Y con las hermanas tampoco se pudo probar que fueran las inductoras de la matanza perpetrada por sus hermanos, por lo que la justicia las exoneró de cualquier culpa. Las dos mujeres estaban tan trastornadas que fueron internadas en psiquiátrico donde pasaron el resto de su vida. Roso incide que a ojos de la justicia eran inocentes, pero la sociedad las había marcado a fuego por su imagen siniestra, como de otro tiempo. Dos mujeres enfermas eran brujas para la gente. 

En mi caso no puedo estar de acuerdo con el autor, como en otros aspectos del libro, pues resulta sospechoso el repentino viaje de las hermanas un día antes de la matanza. Y luego la negativa a reconocer la barbaridad que habían cometido sus hermanos. Puede que esté equivocado pero me resulta raro que los hermanos actuarán de manera repentina sin qué sus hermanas sospecharán. Si algo sabían, callaron. 

Entiendo en punto del libro, que es la crítica a toda esa parafernalia de la España negra, con sus crímenes de sangre, que como muy bien dice es una creación literaria, pero no puedo más que negar el impresionante atractivo del tema. Puede que la matanza de Puerto Hurraco no fuera más que la enajenación de dos hombres comidos por el odio que con sus plenas facultades mentales cometieron una de las peores matanzas de la historia criminal española, pero todo lo que vino después es fruto de ese afán por saber los aspectos más morbosos y truculentos de la mayoría, que no basta con conocer el hecho en si, si no que la curiosidad es insaciable y quiere más. 

Por eso la terrible matanza de Puerto Hurraco, con toda esa mitología que la rodea la convierte en algo muy atractivo y atrayente. La realidad es demasiado pesada y aburrida y por eso se rellenan los huecos con toda esa literatura. Puede que moralmente sea reprochable, incluso denigrante tanto para las víctimas como para los supervivientes y familiares, pero es inherente al ser humano el querer saber. Y si un crimen real de trasforma es una novela rural con un final trágico, la gente la consumirá como churros. 

Es un buen libro que denuncia todos esos excesos periodísticos, un buen ejemplo de ello sería Carles Porta quién no necesita edulcorar los crímenes que narra pues iría encontra de su buen hacer de periodista, pero también es verdad que muchas veces un poco de literatura no viene mal. Y para remediarlo están autores como Luis Roso que con este libro intentan poner algo de cordura en un mundo de locos. Y es que la terrible imagen de las pinturas negras de Goya es demasiado potente como para obviarla. 


Luis Roso (1988-)

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