Campos de sangre, Triun Arts

"Este conjunto de relatos que tienes entre tus manos no es solo un recorrido por hechos negros y macabros que marcaron lugares, pueblos, aldeas o pedanías; hechos que, incluso, han sustituido el nombre oficial del lugar por el del suceso acaecido. Este libro no es solo eso. Quiero que sea una declaración de intenciones, una inmersión en lo más profundo del alma, en lo más hondo de la tierra árida y seca del campo, donde los secretos se ocultan entre las grietas: grietas de silencio, de terror por viejas leyendas, de miedos ancestrales y de pasiones tan intensas como el calor en los días de verano. Aquí, en la España profunda, los crímenes no son un accidente o un error. En la España rural, estas muertes, estos asesinatos, estos homicidios son el desenlace de historias profundas, de envidias, de traiciones y de destinos sellados por generaciones de enfrentamientos silenciosos". Campos de sangre.




Hablar de la España profunda es hablar de ese espacio mítico donde lo rural y lo ancestral se dan la mano. Lugares donde siguen viviendo las viejas tradiciones ya olvidadas por la fría y asfaltada urbe, llena de edificios gigantescos habitados por personas que ni se conocen y coches que escupen contaminación. Pueblos escondidos donde apenas viven diez personas (y eso es tirar por lo alto), salpicadas de casas casi derruidas y caminos empedrados. La llamada España vaciada. 

Pero hubo un tiempo en que aquellas aldeas dejadas de la mano de Dios eran lugares donde fuerzas atávicas palpitaban entre sus muros. La ley del Talión, ojo por ojo era el primer mandamiento que imperaba en esos pequeños reinos de gentes semianalfabetas, por no decir analfabetas del todo, medrosas del castigo divino. En la España Negra la sangre se pagaba con sangre. La justicia la marcaban el garrote y la escopeta, la navaja y el azadón. Era un ambiente enrarecido, espeso, insoportable. Una mecha que prendía tan solo por una mala mirada, una palabra dicha entre dientes, una linde que mide más de lo dicho. Y todo reventaba en una vorágine de dolor, lágrimas y sangre. 

José Ruz, un youtuber sevillano conocido como Triun Arts, se ha convertido en un referente de la crónica negra con unos documentales y podcasts extraordinarios que recogen los casos más mediáticos del país como el triple crimen de Alcasser, el caso de Marta del Castillo y sobre todo el crimen de Daniel Sancho del que ha escrito un libro. En su segunda obra Triun recoge seis casos criminales cuyo fondo es esa España Negra a la que me he referido. Crímenes ocurridos en lo más profundo de nuestra piel de toro, donde el mal y la sangre, la venganza y el dolor, los monstruos y las víctimas, cohabitan donde se pierde el tiempo, ocultos entre bosques frondosos, pueblos perdidos y llanuras inmensas. Os presento: Campos de sangre. Crímenes en la España rural de Triun Arts.


Manuel Blanco Romasanta.

Entre los frondosos y húmedos bosques de la Galicia más rural abundan leyendas y rumores. Cuentos contados por las abuelas a los asustados rapaces al calor del hogar de meigas que habitan los bosques y bajan durante la noche a robar leche a las vacas. Pero de entre todos esos mitos sobresale uno que en noches de luna llena hiela la sangre de quién escucha esos relatos. Entre los vetustos árboles y las rocas impregnadas de musgo se oye el escalofriante aullido del lobo. Pero no es el corriente animal que lanza su triste llamado a la noche, es algo más oscuro y temido, un monstruo salido de la más terrible pesadilla: el lobishome. El hombre lobo.

El único hombre lobo reconocido clínicamente fue un campesino gallego nacido en una aldea a principio del siglo XIX: Manuel Blanco Romasanta, considerado por muchos el primer asesino en serie de España.

Romasanta nació de forma extraña. Cuando la partera contempló a la criatura no supo discernir si era niño o niña, por lo que se cree que nació hermafrodita. Criado desde pequeño como Manuela, fue una niña hasta que un médico dictaminó que era un varón. Romasanta creció entre miradas de extrañeza y rechazo por su pequeña estatura, apenas media un metro treinta y siete, piel blanca casi trasparente y una voz atiplada casi femenina. De maneras suaves, aprendió el oficio de coser del cual se daba una maña extraordinaria. El cura de su aldea vio en él actitudes y le enseñó a leer y escribir, demostrado una gran inteligencia y cultura. 

Romasanta marchó de su hogar y comenzó una vida de vagabundeos por las comarcas siempre con el bosque como refugio. Los rumores sobre aquel afable buhonero y sastre, de modales suaves, culto y silencioso, se mezclaban con otros más macabros donde se le veía recorrer los bosque descalzo y con ropas viejas, aullando a la luna. Varias personas que tuvieron contacto con él desaparecieron, sobre todo unas mujeres y sus hijos de una misma familia, cuando les había prometido buenos trabajos. Cuando volvía después de llevarlos hasta esos lugares, volvía solo y con cartas escritas por estás personas donde decían que estaban bien. Pero algo no cuadraba. Entre sus negocios vendía un ungüento milagroso de aspecto sebáceo que curaba todo los males, pero que levantaba sospechas por su procedencia misteriosa.

La recién creada Guardia Civil comenzó a investigar esas desapariciones y Romasanta puso tierra de por medio. Huyendo llegó hasta Toledo con una identidad falsa pero fue descubierto por su fuerte acento gallego. Detenido y devuelto a Galicia, comenzó un juicio sin precedentes en las que ya se hablaba del lobishome, el hombre lobo. Durante el juicio declaró que se acordaba de todos los crímenes pero que no era él mismo mientras sucedían. Maldito desde el nacimiento, cuando la luna llena se tornaba sangre, su cuerpo de transformaba en un lobo gigantesco y sediento de carne humana. Según su testimonio, otros dos hombres lobo le acompañaban en sus correrías de sangre, un tal Antonio y don Genaro. Pero esa maldición no convenció al juez. Manuel Blanco Romasanta fue hallado culpable del asesinato de nueve personas y usar su grasa para confeccionar ungüentos. Se le condenó al garrote vil. Pero por la petición de un médico a su Majestad la reina Isabel II se le conmutó la pena por cadena perpetua. Y ahí se pierde en la leyenda la figura del Sacaúntos, del Hombre Lobo de Allariz, Manuel Blanco Romasanta. 

Romasanta es ese monstruo que salta del cuento a la realidad, volviendo humano la mítica figura del Sacamantecas, como otro infame asesino Juan Díaz de Garayo. El coco que asustaba a los niños para irse a dormir pronto se volvió tangible, justificando sus orgías de sangre en una locura transitoria, donde el lobo que llevaba dentro emergía con sus afiladas garras y terribles dientes para devorar a sus víctimas. El mito se volvió real.


Retrato de Manuel Blanco Romasanta.


Los Galindos.

De este caso ya hablé en la reseña del libro que escribió el hijo de uno de los implicados, pero lo resumir por encima. En el año 1975 en el cortijo Los Galindos, cerca del pueblo sevillano de Paradas, los jornaleros que vuelven de trabajar en los olivos ven a los lejos una columna de humo. Al llegar encuentran un incendio y el cortijo extrañamente solitario, no hay rastro del capataz Juan Zapata. Tras llamar a la Guardia Civil y apagar el fuego descubrieron el horror. Cuatro cadáveres que correspondían a Juana la mujer del capataz a la que le habían destrozado el rostro a golpes, Ramón Parrilla un tractorista al que le habían pegado varios tiros de escopeta y el matrimonio José González y Asunción Peralta cuyos cuerpos fueron calcinados en el fuego. Todo apunta a que el capataz Zapata se le ha ido la cabeza, cocida por el abrasador calor sevillano y los ha matado a todos y a huido. Tras llegar la Guardia Civil e inspeccionar la finca la teoría de la locura asesina del capataz cobra fuerza. Pero al día siguiente aparece misteriosamente en el cortijo el cadáver de Zapata y parece que murió el primero. 

Tras esto los investigadores levantaron la teoría que durante años se considero la oficial: José, movido por los celos que le provocaban una relación entre su mujer Asunción y el capataz Zapata, desató una tormenta de sangre, pólvora y fuego al matar al capataz, Juana la mujer de este, Asunción y al tractorista Parrilla que tuvo la mala suerte de encontrarse en el cortijo pues fue una víctima colateral. Tras esto se suicidó lanzándose a la hoguera. 

Triun narra el crimen y también aporta las distintas teorías que han ido alimentado los misterios que rodean al caso, siendo la que argumentó el hijo del marqués dueño de la finca en el libro que reseñé, la cual resumidamente dice que su padre y su mano derecha el administrador del cortijo pertenecían a una organización criminal que falsificaban los datos del grano para quedarse una parte y no pagarla al fisco, y cuando Zapata descubrió el fraude quiso avisar al suegro del marqués pero lo pillaron y la organización mandaron a un tal Curro junto a sus jefes para amenazarle. Pero como no cedía al chantaje Curro lo mató por espalada y después a su mujer Juana ante unos asombrados marqués y administrador. A ambos les dijo que ocultaran el cuerpo de Zapata en un armario lo que explicaría porque no lo vio nadie el día del asesinato y su cuerpo apareciera después. Tras matar al matrimonio mató al tractorista, provocó el incendio y luego asesino a José y a Asunción arrojando sus cuerpos al fuego.

A pesar de las teorías jamás se halló un culpable o culpables de aquel sangriento crimen y sus víctimas no han podido encontrar un justicia que resarza sus crueles muertes y su familiares no han encontrado el consuelo de ver pagar a los demonios desalmados que segaron tantas vidas inocentes. Durante años los rumores mal intencionados mancharon la memoria de gente trabajadora y honrada con relatos de celos, drogas, venganza y muerte que tapaban una realidad más compleja, donde la ambición de unos pocos acabó con la vida de gente inocente para seguir con sus actividades criminales. 

El cortijo Los Galindos.


Puerto Hurraco.

Hay localidades cuyo nombre ha quedado marcado ha fuego para siempre en el mapa criminal de España. Puntos negros de nuestra geografía que causan espanto a quiénes lo escuchan, un terrible recuerdo de un crimen tan atroz que dejado una huella imborrable en esos lugares. Nombres tan  infames como Alcasser, MalladasOlot o Pioz traen a la mente terribles historia de dolor y sangre, de víctimas inocentes y asesinos desalmados. 

Uno de esos lugares malditos fue un pequeño y desconocido pueblo incrustado en la Extremadura más profunda que quedó marcado a sangre y plomo en la conciencia colectiva cuando dos bestias humanas, cargados de odio y venganza, desataron una masacre indiscriminada motivada por años de rencores enquistados que acabaron explotando una cálida noche de verano de 1990.

En Puerto Hurraco fue cociéndose lentamente una historia de odio entre dos familias. Por un lado los Izquierdo conocidos como los Patas Pelás y por otro los Cabanillas conocido como los Amadeos. Como en muchas historias de aquella España rural la enemistad surge por las lindes de los terruños, nunca delineados por profesionales si no por la palabra dada entre las dos partes que tiene más valor que cualquier contrato firmado. La frontera era sagrada entre lindes y cruzarla era una afrenta que se pagaba con sangre. Desde los tiempos de la naciente Roma, Rómulo mató a Remo por la misma razón. Entre las dos familias los roces fueron alimentado un odio que reventó cuando uno de los Cabanillas cruzó la linde. Eso no se podía permitir.

Jerónimo Izquierdo tomo la iniciativa y armado de un cuchillo asesinó a Amadeo Cabanillas por la afrenta de cruzar la linde. También se rumoreó que los Izquierdo tenían inquina con Amadeo por haber mantenido una relación con Luciana, hermana de Jerónimo, una unión prohibida por el odio entre las familias. Unos Romeo y Julieta extremeños, pero a diferencia de los amantes de Verona no serían los enamorados los que murieran por su amor imposible. Jerónimo fue condenado a catorce años. Pero esto  fue solo el principio.

En 1986 ocurrió un suceso que provocaría una de las peores masacres de la crónica negra española. Una noche la casa de los Izquierdo se incendió de forma misteriosa. Los hermanos Izquierdo vieron con horror como su madre Isabel moría consumida por las llamas. Los vecinos contaron que estaban más preocupados de salvar los muebles que de sacar a la pobre mujer impedida. Pero para los Izquierdo aquello fue provocado por sus enemigos mortales, los Cabanillas y el silencio cómplice del pueblo. Luciana, Ángela, Emilio y Antonio Izquierdo abandonaron Puerto Hurraco guardando en sus corazones un rencor y un odio atroz por el pueblo y un ansia de venganza que los consumiría hasta el fatídico día de la masacre. Nunca se encontró a los culpables de aquel incendio, siendo la explicación más razonable que el fuego se provocó por un chispazo electrico.

Los Izquierdo se marcharon a otro pueblo viviendo en una casona donde apenas salían, encerrados entre cuatro paredes rumiando un deseo malsano de vengarse de aquellos que tanto daño les había hecho. Luciana la hermana mayor encendía a sus hermanos con palabras de odio, de desprecio por los desgraciados que habían matado a su santa madre y que debían pagar por ellos. "Jerónimo si que era un hombre" escupía a sus hermanos varones. 

Este se entero de la muerte de su madre en prisión y cuando salió solo tenía una palabra marcada en la mente: venganza. Cuando llego a Puerto Hurraco al amparo de la noche espero a Antonio Cabanillas y le acuchilló en repetidas ocasiones, pero no consiguió asesinarlo.  Jerónimo fue detenido pero ya no pisaría la cárcel pues su mente se había roto para siempre y fue enviado a un psiquiátrico en el cual moriría días después. 

En la casona el ambiente era más irrespirable que nunca. Los hermanos limpiaban obsesivamente sus escopetas con una devoción casi religiosa. Luciana seguía escupiendo el veneno del odio y Ángela asentía sumisa a lo que decía su hermana. Hasta aquel fatídico 26 de agosto de 1990.

Como el calor ya apretaba, los vecinos de Puerto Hurraco sacaban sus sillas de enea a las puertas de sus casas para aprovechar el poco fresco que corre en las noches estivales. Los niños juegan agotando los días de vacaciones en las calles y plazas. Todo era normal esa noche. Pero el mal entró con forma de dos hombres armados con escopetas. Tras decir a sus hermanas la infame frase: "vamos a cazar tórtolas", Emilio y Antonio bajaron a Puerto Hurraco con sus escopetas y las cananas repletas de postas. Aprovechando la noche de verano donde más vecinos estaban en la calle comenzaron la matanza. 

Durante unos minutos que parecieron interminables, los Izquierdo fueron disparando a diestra y siniestra sin mirar a quien disparaban. No les importaban si eran niños, ancianos o mujeres, todos eran culpables y debían pagar con sus vidas. Nueve muertos y numerosos heridos, de los cuales algunos quedaron impedidos de por vida. Varios miembros de la familia Cabanillas murieron esa noche, entre ellos niños. Una salvajada. Cuando los hermanos decidieron que la venganza ya estaba cumplida y que el pueblo jamás los olvidarían huyeron al campo. El sonido de los disparos dejó paso a un llanto desgarrador que resonó por toda España.

La Guardia Civil desplegó una operación sin límites para atrapar a los asesinos. Los encontraron durmiendo tranquilamente en el monte. Cuando fueron capturados los hermanos comentaron con frialdad: "Nuestra madre ya ha sido vengada". "Si no nos hubieraís cogido habríamos ido a los funerales para seguir matando". Mientras esto pasaba las hermanas huían hacia Madrid en tren donde fueron detenidas. Las cámaras de televisión las captaron en una imagen terrible de dos mujeres enlutadas, pegadas una a la otra, de mirada torva y perdida y hablar escaso y delirante. Más que dos mujeres parecían dos brujas salidas de tiempos remotos. 

Durante el juicio los hermanos alegaron que no recordaban que había pasado esa fatídica noche y que ellos jamás pensaron en matar a nadie. Pero como diría el Maestro "por sus actos los conoceréis" y lo que habían hecho no dejaba ninguna duda. No estaba locos ni enajenados, sabían perfectamente lo que estaban haciendo y cual era su objetivo: hacer el mayor daño posible. Fueron condenados a más de 600 años de cárcel. A sus hermanas no se pudo probar que hubieran influenciado a sus hermanos pero si que no estaban bien de la mollera por lo que fueron internadas en un psiquiátrico.

La matanza de Puerto Hurraco trajo de vuelta una España que parecía enterrada por el asfalto y el humo de lo coches, una España antigua y ancestral que fue relegada por la modernidad y el fin de siglo. Pero en los pueblos remotos y perdidos de lo más hondo de la piel de toro que es España aún siguen perviviendo costumbres atávicas ya olvidadas gracias a la Justicia. En esas aldeas recalentadas por el sol las afrentas se pagaban con sangre y fuego, el ojo por ojo y todos tuertos. El que la hace, la paga. Un odio que pasa de padres a hijos, envenenado a ramas enteras de individuos llenos de un rencor profundo y denso. A base de disparos de posta la España de fin de siglo volvió a experimentar un tiempo de viejas rencillas que se pagan con sangre, el eterno duelo a garrotazos de Goya.


Antonio y Emilio Izquierdo durante el juicio.


El exorcismo de Almansa.

Este puede ser el caso más desgarrador, cruel e inexplicable del libro. Una historia atroz que mezcla una fe malentendida, tradiciones de santería, orgías de drogas y heces y la inhumana muerte de una niña a manos de aquella que más debió protegerla: su madre. 

Almansa es un pequeño pueblo de la provincia de Albacete que quedó maldito por lo que ocurrió una terrible noche de 1990. En una casa sita en la calle Valencia los gritos desgarrados y los aullidos alucinados de tres mujeres que llevaban a cabo un ritual malsano de falsa religiosidad mezclada con superchería diabólica, hicieron temblar de horror a los vecinos, a pesar de estar acostumbrados a las sesiones de locura de Rosa Gonzálvez, la Hermana de la Luz. Pero lo que nadie podía imaginar es que aquella orgía satánica terminaría en un asesinato monstruoso. 

Rosa era un ejemplar de curandera en vías de extinción pero que seguían manteniendo una relevancia heredada de antaño en aquella España de fin de siglo. En los pueblos y aldeas la figura de los curanderos y santeros tenían la misma importancia e incluso más que el sacerdote o el médico. Hombres y mujeres que se presentaban como tocados por mano divina e imbuidos de un poder sobrenatural para curar cualquier mal. Como hijo de los noventa yo también fui testigo de estás "tradiciones", siendo mi madre o alguna vecina de mi abuela la que realizaban un ritual para cortar el mal de ojo. En mi caso jamás he dado pábulo a estas cosas.

Rosa no era santera común, ella iba más allá. Decía que sus poderes procedían del mismísimo Dios, que se comunicaba con ella y la usaba como instrumento para cumplir sus santa voluntad. Su fama iba aumentado conforme sus delirantes poderes iban creciendo al mismo tiempo que su ego y sus ingresos sangrado a los pobres incautos que la creían a pies juntillas. A su alrededor deambulaban sus acólitos que la servían con fidelidad ciega. Jesús su marido, siempre silencioso y obediente, era más un esclavo que un esposo, organizando las consultas de su mujer y recogiendo solícito los diezmos que pagaban a voluntad de Rosa. Pero sobre quienes más sobresalían fueron las hermanas María Ángeles y María Mercedes Rodríguez. La primera era la discípula más fiel de la Hermana de la Luz, como comenzaron a llamar a Rosa. La adoraba, la idolatraba, no había más ser más cercano a la divinidad que ella. La relación de maestra y discípula acabó trasformada en algo más obsceno y sexual que se elevaba a lo diabólico cuando retozaban como animales en sus oscuros rituales de sangre y sexo. Su hermana María Mercedes era una simple sombra que la seguía a todas partes, una marioneta en manos de Rosa que la usaba a su antojo en esas terribles sesiones. 

La cosa fue de mal en peor. Los encuentros en esa habitación se volvían más salvajes gracias al beleño negro, una planta que las transformaban en animales rugientes que mezclaban sus cuerpos entre orines y heces. Todo llegó al culmen de la locura la noche del 18 al 19 de septiembre de 1990. Las horas pasaban lentamente mientras retozaban en su pocilga de mierda, sudor y fluidos. Los aullidos de placer más parecían gruñidos de pesadilla que helaban la sangre de los vecinos. Rosa elevaba al cielo plegarias blasfemas inventadas mientras sus acólitas gemían y jadeaban. Rosa poseída por la locura comenzó a golpear a María Ángeles de forma salvaje porque le había venido la regla. Como un tiburón que huele sangre vio aquel acto natural como un augurio maligno y la dio una paliza. María Ángeles desesperada para parar los golpes soltó unas palabras que condenarían una inocente: "¡La culpa es de Rosita! ¡La niña está poseída!".

Rosita, la hija de once años de Rosa y Jesús, dormía, si es que podía, ajena a la orgia de pesadilla que se gestaba en su casa. Y menos sospecharía lo que le iba a suceder a manos de su propia madre. La despertaron y la llevaron a la habitación del horror. La tumbaron sobre el sucio colchón. Y comenzó un ritual que hizo que el propio Dios apartase la mirada y Satanás sonriera de placer. 

No entraré en detalles pero lo que le hizo su madre a esa niña mientras las otras dos la sujetaban rompe el alma. Cuando supe de este caso llegó a perder la fe ante la barbarie que acababa de oír. Pero la recuperé porque solo la existencia de un Dios que ama tanto a sus hijos y les da una libertad capaz de cometer los peores crímenes puede hacer soportable esta monstruosidad. Algo tan diabólico no es voluntad divina, si no algo surgido del oscuro pozo del alma humana gracias al libre albedrío.

Jesús y otros familiares alertados por los gritos de la niña irrumpieron en la habitación y se encontraron con el mismísimo infierno. La niña yacía ensangrentada sobre la cama. Retuvieron a las discípulas de Satanás y llamaron a la Guardia Civil. Los curtidos agentes no pudieron soportar lo que vieron en aquella habitación, saliendo algunos de ellos a vomitar fruto de la impresión. El forense que tuvo la desgracia de hacerle la autopsia a la pobre criatura comentó en su informe: "ni el demonio haría algo así".

Durante el juicio se demostró que las tres mujeres no estaban en sus cabales cuando cometieron aquella atrocidad. Fue imposible considerarlas cuerdas para que fueran juzgadas por lo que fueron internadas en un psiquiátrico. 

Almansa jamás se recuperó de aquel suceso. Bien es cierto que lo de Puerto Hurraco, que ocurrió unos meses antes, opacó mediáticamente lo que se llama "el exorcismo de Almansa" pero para los vecinos de aquel pueblo sería una cicatriz horrorosa de su historia que intentaron olvidar pero fue imposible. No hubo justicia terrenal para esos demonios con piel humana, pero os aseguro cuando se encuentren con el Juez Supremo "no habrá allí disculpas, ni se admitirán descargos a nadie de su mal obrar [...] Llorad vuestras faltas, gemid y clamad, que si grave es la culpa, el Infierno es más", como bien expresa esta vieja canción castellana anónima del siglo XVII.

Rosita, que Dios te tenga en su Gloria.


El crimen de Fago.

Hay crímenes cuyo única motivación es el puro odio. Un odio que se atraganta en el gaznate haciendo imposible tragar otra cosa que un bilis que escuece como el aguardiente, haciendo que no exista otro pensamiento que acabar con aquello que se odia de forma fulminante. Al igual que en Puerto Hurraco, en un pequeño pueblo de Huesca, anclado entre montes nublados, se fue gestando un odio malsano que acabó de igual forma, con un disparo de escopeta. Pero la gran diferencia es que aquel odio no mató a muchas personas si no a una sola y su asesino fue también uno solo. Una triste historia de una amistad que se fue desgastando por el maldito orgullo, la envidia y la política. Un crimen que dividió a un pueblo.

Fago, un municipio de la provincia de Huesca, es otro de esos pueblos dejados de la mano de Dios donde nunca suele pasar nada. Donde sus pocos vecinos se conocen entre sí y cada uno va a lo suyo. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Las pocas caras desconocidas llegan en los periodos vacacionales para disfrutar del campo y el saludable aire del monte. Dos de estos forasteros fueron Miguel José Grima y Santiago Mainar. Los dos quedaron fascinados por el idílico enclave y decidieron quedarse a vivir allí. A los dos les unía una amistad que les llevo a dejar sus vidas en la ciudad y establecerse en Fago. Grima vio en aquel pueblo antiguo y alejado del progreso un filón para explotar sus maravillosas paisajes transformándolo de un pueblo de viejas tradiciones en un atractivo lugar turístico. Mainar al contrario hizo lema de su vida aquel viejo refrán de allá donde fueres haz lo que vieres, y se fue adaptando a los usos y costumbres de los vecinos, volviéndose un paisano más cuidando la tierra y teniendo animales. 

Los dos amigos fueron separándose cada vez más por sus puntos de vista enfrentaddos de que era lo que más convenía al pueblo. Grima, el progreso, el turismo, la ley municipal. Mainar el pastoreo sin límites, la tierra y las viejas costumbres. El punto de rotura fue cuando los dos se presentaron a las elecciones municipales cada uno por un partido distinto. Grima por el PP. Mainar por el PSOE. Grima ganó las elecciones y fue elegido alcalde de Fago. Ese cargo sería su perdición.

Como todos los políticos ambiciosos, comenzó a llevar a cabo una serie de reformas bastante agresivas que chocaban con los viejos vecinos. Estos no comprendían la manía del nuevo alcalde de cambiar las cosas. Si algo funciona para que cambiarlo. Muchas de esas nuevas políticas se encontraron con la firme oposición de los pastores y ganaderos, que acabaron en conflictos y denuncias contra Grima. Este no cesaría en sus afán reformista hasta transforma aquel viejo pueblo, a pesar de ponerse en contra a medio pueblo. Entre esos vecinos molesto estaba Mainar. 

El 13 de enero de 2007 unos pastores encontraron el cuerpo de Miguel José Grima en un barranco. Le habían disparado a quemarropa con una escopeta. Su coche se encontraba varios kilómetros de distancia. La UCO de la Guardia Civil acudió por tratarse de un político y temerse que haya sido víctima de ETA. Pero los curtidos agentes del cuerpo descubrieron que tras el asesinato se encontraba alguien de pueblo y el motivo era claro: el odio. 

La omertá cundió en Fago. Muchos vecinos callaban pero en sus fueros se alegraban de que alguien les hubiera librado del molesto alcalde. Otros callaban por miedo a ser señalados de chivatos. Pero, como en cualquier pueblo de España, todo se sabe, y la mayoría de los treinta vecinos sabían perfectamente quién estaba detrás del asesinato del alcalde. 

Hicieron pruebas de ADN a los vecinos para contrarrestar con los hallados en el coche de Grima. Las pruebas no mintieron. Coincidían con Santiago Mainar. Al detenerle lo encontraron tranquilo, como esperándolos. Confesó inmediatamente que el preparó una trampa para detener el coche de Grima y una vez fuera del vehículo le disparó de frente en el pecho. Tras esto arrojó su cuerpo al barranco donde fue encontrado. 

Cuando comenzó el juicio Mainar hizo algo sorprendente: se desdijo de su declaración, aclarando que le habían sacado la confesión bajo presión y coacción policial. Esta patraña no convenció al jurado y a los jueces pues nadie dudaba del buen hacer de los policías y que las pruebas eran irrefutables. En 2009 Santiago Mainar fue condenado a veinte años de prisión. 

Este caso volvió a demostrar en la España de los 2000 que las viejas rencillas y los odios enquistados seguían resolviéndose entre disparos y que cuando uno intenta llevar a cabo alguna reforma debe hacerlo de forma paulatina y sobre todo consiguiendo el consenso de todos.

Santiago Mainar durante el juicio.


Los hermanos Gutiérrez Ayuso.

El último caso de esta vía dolorosa del crimen rural no ocurre tan lejano en el tiempo como los demás, si no que ocurrió hará unos tres años en 2023, en un pequeño pueblo cercano a Madrid. Una humilde población de vecinos que se saludan en la panadería y toman el café en el bar de toda la vida que se vio sacudida por una tragedia sin sentido, como todos los asesinatos, en la que tres vidas fueron segadas por un monstruo que pagó con tres solitarios ancianos sus frustraciones por una estafa digital. Un triste caso que vino precedido de un terrible sentimiento de soledad que cayó en la trampa de internet donde gentuza oculta tras una pantalla y se aprovecha del desconocimiento y la buena fe de personas vulnerables.

En Morata de Tajuña a pesar de estar 30 kilómetros de la capital sigue siendo como tanto pueblos que aún sobreviven en España al inexorable paso de la modernidad. Sus menos de ocho mil habitantes siguen guardando las viejas costumbres donde no hay secretos y todo se sabe. Entre esos vecinos vivían los hermanos Gutiérrez Ayuso en la Travesía del Calvario. Los hermanos ya mayores seguían viviendo juntos pues la vida no les había sido propicia para poder una familia por si mismo. Ángeles, Amelia y Pepe vivien juntos su jubilación y su soledad encerrados entre las cuatro paredes de su casa. 

Ángeles comenzó a utilizar internet gracias a qué le enseñó una vecina y se hizo un perfil de Facebook. Allí tuvo la desgracia de conocer a un supuesto militar americano con el que empezó una relación a distancia. Lo que ella no sabía es que detrás de ese perfil totalmente falso se encontraría algún desgraciado que vio en ella un filón para sacar dinero por la cara. Comenzó con palabras bonista llenaban ese solitario corazón con ilusiones de un amor verdadero. El destino quiso que su hermana Amelia también encontrará el amor también en esa red social con otro soldado americano (qué casualidad) y a las dos les prometieron que si les pasaban una cierta cantidad de dinero se las devolverían con beneficios cuando recibieran unas herencias y necesitan el dinero de las hermanas para pagar las gestiones necesarias para cobrarlas. Claramente esto era una estafa digital de manual.

Las hermanas fueron vendiendo sus propiedades, derrochando todos sus ahorros en una entelequia que se desmoronaba con cada falsa promesa. Amelia enviaba el dinero a través de un cibercafé cuyo dueño era un paquistaní con el que entabló una amistad. Dilawar Fazal cayó también en las mentiras de los falsos soldados y comenzó a darles dinero a las hermanas, vendiendo también todas sus posesiones y se fue a vivir con los hermanos por vender su propia casa.

Los días pasaba y el dinero solo iba en una dirección, hacia los bolsillos sin fondo de los sinvergüenzas ocultos tras la pantalla. Y esto ponía a Dilawar cada vez más nervioso. Cada hora que pasaba volvía más taciturno, paranoico y agresivo. Las hermanas les prometían paciencia que recuperaría todo el dinero más intereses pero Dilawar solo veía que todo lo que daba no volvía. Su desconfianza se torno en odio y explotó cuando agredió con un martillo a Amelia. Fue una agresión salvaje pero la mujer sobrevivió. Dilawar fue detenido de inmediato y condenado a dos de prisión. Allí en la celda no cambió el ánimo. Encerrado como un animal fue rumiando su venganza contra los que le habían destruido la vida. Las hermanas se encerraron más en su hogar por miedo a las represalias. 

El 17 de diciembre de 2023 Dilawar consiguió la libertad y salió a la calle con una palabra grabada en su mente: venganza. Ese mismo día entro en casa de los hermanos Gutiérrez Ayuso y armado con una barra de hierro desató la barbarie. Pepe fue el primero en caer, víctima inocente de cuánto pasaba pagó con su vida los errores de sus hermanas. Después le tocó a Ángeles y finalmente a Amelia, víctimas de una ingenuidad nacida de la soledad que las consumía. Tras esto intento quemar los cuerpos pero no pudo por lo que huyó al monte. 

El rumor corrió como la pólvora, más rápida en los pueblos pequeños. Habían matado a los hermanos del Calvario. La Guardia Civil se hizo enseguida del caso y desde el principio tuvieron un sospechoso claro: Dilawar. Él mismo se entregó en el cuartel con la sangre de sus víctimas manchando sus ropas. Pero aquí no terminaban el reguero de sangre provocado por Dilawar. Mientras aguardaba el juicio en prisión asesinó a su compañero de celda golpeándolo salvajemente con una pesa que robo del gimnasio. Cuando le preguntaron el porqué alegó que le molestaba la falta de higiene de su compañero. Dilawar Hussein Falal fue condenado a 36 de prisión por el cruel asesinato de Ángeles, Amelia y José Gutiérrez Ayuso. 

Un crimen tristísimo donde mezclan la soledad que consume a muchos ancianos, arrinconados por la edad o por la incapacidad de otros familiares de hacerse cargo de ellos, la vulneravilidad de las personas mayores que entran en esa jungla sin ley que son Internet y las redes sociales, que les lleva a confiar en autenticos hijos de mala madre aprovechando su desconocimiento sacandoles hasta los hidagadillos y un monstruo oculto en una falsa apariencia de normalidad que da rienda suelta a su sangrienta y verdadera personalidad cuando sus planes no salen como los había planeado. 


Los hermanos Gutiérrez Ayuso.


Campos de sangre. Crímenes de la España rural ha sido una lectura maravillosa como necesaria. Desde nuestra perspectiva urbanita tendemos a negar la existencia de los pequeños pueblos que siguen perviviendo al avance del asfalto y el hormigón. Incluso los vemos como lugares idílicos donde escapar del mundanal ruido, pequeños trozos del paraíso donde reina la quietud, el silencio y la tranquilidad. Pues no tanto ni tan calvo. 

En los pueblos se mata igual que en la ciudades, hay maldad tanto en una aldea gallega perdida como en una urbanización de lujo en la Moraleja. La España profunda sigue más viva, negra, profunda y sanguinolenta desde tiempos inmemoriales. Aquella España que también retrato en sus obras el inmortal Miguel Delibes de rosario, mula de carga, boina, tabaco negro y anís. Que huele a tomillo, vino rancio, queso, pan de leña y pólvora. De rostros cetrinos y arrugados por el sol, manos duras y callosas y espaldas molidas.

Triun Arts hace un recorrido por la historia negra criminal rural de nuestro país mostrando como los odios ancestrales y las vendettas campesinas siguen regando los campos del líquido rojo que corre caliente por las venas. Unos sucesos tan brutales que sacudieron para siempre los lugares donde ocurrieron, dejando una horrenda cicatriz en la tierra y en sus habitantes, transformados para siempre en gentilicios de muerte. Los que aún viven no quieren ni oír hablar de los crímenes que los maldijeron, negando con la cabeza y guardando silencio sepulcral como si de una vieja y horripilante historia de fantasmas se tratará. 

En estos seis crímenes nos trasladan a lugares donde parece que el tiempo se ha detenido, remotas aldeas y pueblos perdidos que no son lugares de paso ni cruce de caminos, no figuran en los mapas y solo conocen de su existencia aquellos que los pueblan. Pero gracias a la más profunda maldad del alma humana pasaron al imaginario colectivo como lugares de sangre y muerte, donde aún se puede notar en el ambiente el aroma de la tragedia. 



José Ruz "Triun Arts"

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