El maestro de esgrima, Arturo Pérez-Reverte

"Jaime Astarloa arrugó el entrecejo. Sus ojos grises se clavaron en el joven con inaudita frialdad.
—La pistola no es un arma, sino una impertinencia. Puestos a matarse, los hombres deben hacerlo cara a cara; no desde lejos, como infames salteadores de caminos. El arma blanca tiene ética de la que todas las demás carecen... Y si me apuran, diría que hasta mística. La esgrima es una mística de caballeros. Y mucho más en los tiempos que corren.
Paquito Cazorla levantó una mano con aire de duda.
—Maestro, yo leí la semana pasada en La Ilustración un artículo sobre esgrima... Las armas modernas la están volviendo inútil, decía poco más o menos. Y la conclusión era que sables y floretes terminarían en un museo...
Movió lentamente la cabeza, como si hubiera escuchado hasta la sociedad la misma canción. Contempló su propia imagen en los grandes espejos de la galería: el viejo maestro rodeado por los últimos discípulos que permanecían fieles, velando a su lado. ¿Hasta cuándo?
—Razón de peso para seguir siendo leales —respondió con tristeza, sin aclarar si se refería a la esgrima o a él mismo.
Con la careta bajo el brazo y el florete apoyado sobre el escarpín del pie derecho, Alvarito Salanova hizo una mueca escéptica:
—Tal vez algún día ya habrá maestros de esgrima —dijo.
Hubo un silencio. Jaime Astarloa miraba abstraído a lo lejos, como si observara el mundo más allá de las paredes de la galería.
—Tal vez —murmuró, absorto en la contemplación de imágenes que solo él podía ver—. Pero déjeme decirle una cosa... El día que se extinga el último maestro de armas, cuanto de noble y honroso tiene todavía la ancestral lid del hombre contra el hombre, bajará con él a la tumba... Ya solo habrá lugar para el trabuco y la cachicuerna, la emboscada y el navajazo". 
El maestro de esgrima.




Arturo Pérez-Reverte comenzó su carrera como novelista con su primera novela El húsar. Pero fue con su segunda novela la que lo catapultó a la fama como uno de los grandes autores actuales. Un referente de la novela histórica que nos regalaría el mejor personaje literario de los últimos tiempos, el valeroso capitán Diego Alatriste y Tenorio

Pero antes de las aventuras del capitán en la época de los Austrias hubo otro diestro espadachín que enseñaba sus nobles artes de esgrima en el convulso Madrid isabelino. Un anciano caballero anclado en un tiempo lejano de viejas ideas caballerescas de nobleza y honra que vera tambalearse su mundo con la irrupción de una intrigante y bella dama que lo arrastrará a una historia de conspiración y traición. Una novela deliciosa que engrandece los nobles ideales en tiempos de terremoto político. Con muchísimo gusto os presento: El maestro de esgrima de Arturo Pérez-Reverte. 

Don Jaime Astarloa se gana la vida en el Madrid bajo el turbulento reinado de doña Isabel II, "la de los tristes destinos"; como maestro de esgrima. Lejanos quedan los tiempos de gloria del noble arte de la lucha con espadas. En 1868 los duelos ya no se realizan entre caballeros cruzando sus aceros en batallas a muerte con nobleza y belleza. Ahora la satisfacción se obtiene al funesto y estruendoso sonido de una detonación de pistola. 

Por eso don Jaime guarda las esencias del esgrima enseñando a unos pocos alumnos para seguir fomentando un arte en vias de extinción. Uno de esos alumnos es don Luis de Ayala, marqués de los Alumbres, un maduro aristócrata hedonista, mujeriego y muy dado al juego que contrasta con los valores más conservadores y austeros del maestro de esgrima, lo que no impide que entre los dos viejos caballeros surja una estrecha amistad. 

La otra ocupación que distrae a don Jaime entre clase y clase son las encendidas tertulias a las que asiste en el café el Progreso. Allí se reúnen un grupito variopinto de contertulios que forman los pocos contactos amistosos que mantiene el maestro. Formado por el agitado y radical  Agapito Cárceles, antiguo miembro del clero desencantado, que defiende con uñas una España republicana y federal; don Lucas Rioseco un anciano caballero sin una peseta en el bolsillo y furibundo defensor de la monarquía y de doña Isabel II; Marcelino Romero un melancólico y pobre profesor que llora entre sollozos un mal de amores con una mujer casada y Antonio Carreño, pelirrojo funcionario de abastos que presume de tener contactos con los grupos conspiradores y masones pero que sus amigos no le creen una palabra. Allí entre las encendidas discusiones entre Cárceles, pidiendo la guillotina para los Borbones y don Luis defendiendo la corona y la represión, pasa las tardes don Jaime ajeno a cualquier tema político o social que no tenga que ver con su arte.

Entre clases y tertulias pasa la vida el viejo maestro de esgrima, encerrado entre las cuatro paredes de su hogar, entre los viejos recuerdos de un tiempo de honor y lealtad que se esfuma con el inexorable paso del tiempo en una España convulsa y agitada, con una corona cada vez más desgastada sostenida por una casta política corrupta e inoperante y el fantasma del pronunciamiento militar con la alargada sombra del general Prim acechando desde la frontera. La vida ordenada de son Jaime dará un giro sorprendente cuando aparezca la misteriosa doña Adela de Otero y le hará una insólita petición: que la enseñe su famosa estocada de los doscientos escudos. 

La irrupción de esta bella dama trastocará los cimientos de la vida de don Jaime, firme opositor a qué una mujer tome clases de esgrima. Gracias a la extraordinaria capacidad de seducción de doña Adela, el viejo maestro volverá a sentir en sus carnes sentimientos creídos olvidados, embriagado por la fuerte y decidida personalidad de la dama, sus bellos ojos violeta, su larga melena negra galantemente recogida en un moño y una pequeña cicatriz en la comisura del labio que le confiere una sardónica y eterna sonrisa. Reticente al principio de darle clases, al final aceptará y dará clases a la intrigante dama. Con cada clase los muros de contención que el maestro levanta para verla como una alumna más, van cediendo poco a poco ante la magnética personalidad de doña Adela, empezando a sentir algo más pasional por ella. Pero lo que no sospechará don Jaime es que la irrupción de doña Adela en su vida lo involucrará en una intriga política peligrosa y mortal.

El maestro de esgrima es una primera muestra de los extraordinario novelista que es Pérez-Reverte. Ya con su segunda novela demostró el gran talento que tiene para escribir historias de aventuras trepidantes, añadiendo tramas de intriga bajo un escenario histórico perfectamente documento. También podemos encontrar una especie de idea embrionaria en don Jaime para lo que luego sería su personaje más famoso, el capitán Alatriste. 

Don Jaime Astarloa es un caballero chapado a la antigua. Su sentido del deber y sus férreos códigos de honor, lealtad y valentía son los motores que mueven su vida y su pasión por la esgrima. En una España decadente y desencantada, donde se han los valores que en otro tiempo la volvieron grande, don Jaime actúa celosamente acorde a sus convicciones demostrándolo en cada clase que da de esgrima.

Porque para él el noble arte del duelo a espadas es algo más que un deporte o un entretenimiento, como desdeñosamente lo califican sus alumnos. Es un modo de vida, de entender el mundo, que la vida vale lo mismo que la destreza que se tiene con el florete, que el honor se debe defender con nobleza, entre caballeros, en un duelo justo donde el destino se decide entre quien es más diestro. Pero no solo se trata de habilidad, también se debe tener sangre fría y una gran inteligencia para adelantarse a los movimientos del adversario. El florete no es un arma vulgar, como las pistolas, es una extensión del propio cuerpo y de él dependen la victoria o la muerte.

Don Jaime vive ajeno a todo lo que no tenga que ver con la esgrima. Por eso el inestable gobierno de doña Isabel y sus corruptos ministerios, las escaramuzas entre el descontento pueblo de Madrid y la represora Guardia Civil, el ruido de sables con una posible vuelta del general Prim y las batallas dialécticas entre Agapito Cárceles y don Lucas le traen al pairo. Bastante tiene con ver cómo se va extinguiendo su amada esgrima. 

Lo opuesto al viejo maestro es sin duda el marqués de los Alumbres. Don Luis de Ayala es la viva imagen del aristócrata ocioso y  vividor. El bueno del marqués ha convertido el bon vivant en su modus vivendi. El juego, la buena bebida y las mujeres bellas son lo que le mueve a vivir la vida como si cada día fuese el último. 

Y luego está la misteriosa doña Adela de Otero. Esta bella mujer oculta algo tras su fachada de una simple dama que quiere aprender esgrima. En una primera toma de contacto entre maestro y alumna demuestra una gran habilidad con el florete dejando a don Jaime asombrado y maravillado. 

Uno puede verse trasportado a la Villa y Corte de 1868 gracias a la narración de don Arturo. Pasear el Madrid que también retrató en sus obras don Benito Pérez Galdós, sus calles llenas de sonidos y olores, parejas galantes de enamorados que buscan un lugar discreto donde dar rienda suelta a sus amores sin ojos indiscretos; criadas dedicadas a vigilar a los infantes de sus señores, más empeñados en comer los barquillos que les ofrecen los barquilleros, y espantar a los moscones uniformados que las rondan para obtener alguna cita. Los faetones y calesas recorren las calles con los señoritos yendo a algún café y los guardias civiles montados a caballo con sus típicos tricornios, símbolo de la represión. 

Pérez-Reverte escribe su novela más galdosiana, adoptando un lenguaje decimonónico elegante. Una historia de aventuras corta pero intensa, que mantiene la intriga a la altura y, lo vuelvo a repetir, en ella ya se empiezan a ver los primeros retazos de la saga protagonizada por don Diego Alatriste y Tenorio. Un novelista primerizo que ya demostraba tener un talento prodigioso como narrador y que acabaría convertido en uno de los mejores escritores españoles contemporáneos con cada novela publicada. 



Arturo Pérez-Reverte (1951-)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antología poética, Miguel Hernández

Se busca una mujer, Charles Bukowski

En ese infinito, nuestro final, Gemma Files