Napoleón Bonaparte, Albert Manfred
"Después, bajo las bóvedas resonantes de la catedral, el emperador debía pronunciar en voz alta un juramento cuyo texto fue escrito naturalmente por anticipado. El emperador juró "mantener la integridad del territorio de la Republica, respetar y hacer respetar las leyes del Concordato y la libertad de culto; respetar y hacer respetar la igualdad de derechos, la libertad política y civil, la irrevocabilidad de las ventas de los bienes nacionales". El emperador juraba reinar con el único propósito de la felicidad y la gloria del pueblo francés.Napoleón es un nombre que llena la boca al pronunciarlo. Un nombre con una sonoridad que recuerda al brillo de un espada, a una carga de caballería, a una salva de cañones. Un nombre que impone, que asombra, que destila grandeza. Y no es para menos.
Napoleón Bonaparte es sin ningún atisbo de duda el personaje más importante y trascendental de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Un solo hombre que fue capaz de cambiar el destino del mundo gracias a una combinación de inteligencia, ambición y coraje. Un solo hombre que arrastró y arrastra una larga sombra de contradicción, pues para unos fue un hijo de la revolución francesa que llevo los ideales de igualdad, libertad y fraternidad a los países que libró del yugo de los monarcas absolutistas que las sometían, pero otros no fue más que un ser cruel lleno de una ambición desmedida que arrastró en una serie de sangrientas guerras a una generación de hombres con el solo propósito de ser dueño de Europa. Un héroe, un guerrero, un libertador, un carnicero, un dictador, un déspota, mil y un calificativos para a definir a un personaje que no deja ni dejó indiferente a nadie.
El historiador soviético Albert Manfred elaboró una biografía impresionante que repasa la trepidante vida del general corso, desde sus inicios como un humilde soldado, culto y afín a los ideales de la Revolución, pasando por el brillante general que puso a temblar a las principales potencias europeas (con excepción de Inglaterra y Rusia como luego se verá), que luego se autoproclamó emperador, hasta llegar a su exilio en la isla de Santa Helena. Un libro monumental que recorre los turbulentos tiempos de la Revolución y las siguientes guerra napoleónicas, con un desfile de personajes que bailan en un baile de intrigas, complots y traiciones, bajo la poderosa figura del emperador Napoleón Bonaparte. Sin más dilación os presento con sumo gusto: Napoleón Bonaparte de Albert Manfred.
Napoleón vino al mundo en Ajaccio un pueblito de la isla de Córcega. Hijo del matrimonio formado por Carlo Napoleone y María Letizia Ramolino, el futuro emperador de los franceses fue bautizado como Napoleone Buonaparte. Córcega fue comprada por Francia a Genova un año antes del nacimiento de Napoleón, por lo que su nombre y su primer idioma fue el italiano, pero al ser incorporada la isla al reino francés afrancesó su nombre como Napoleón Bonaparte y aprendió el idioma de Molière el cual siempre habló con un fuerte acento italiano. Su familia tenía una buena posición, pues su padre era un abogado y representante de Córcega en la corte de Luis XVI. Trasladado a París junto a su hermano José allí estudió a los filósofos clásicos y modernos y comenzó su carrera militar. Al estalla la revolución despertó en el joven militar un espíritu revolucionario inspirado por los jacobinos. Pero como no aceptó las intenciones de independencia de Francia de la isla tuvo que marchar junto a su familia a Francia.
Durante sus jóvenes años empezó a forjarse en el espíritu del futuro general los ideales que luego intentaría llevar a los pueblos de Europa pero por la manera equivocada. También en esos años también forjó la imagen de brillante estratega y genio militar al salir victorioso en varias campañas. Visto con buenos ojos por el Directorio, el nuevo gobierno tras la dictadura de Robespierre, Napoleón dirigió a las tropas francesas sobre la Italia controlada por los austríacos, venciéndolos a pesar de su inferioridad anexionado parte de Italia a la República Francesa. Estos éxitos le llevaron a emprender una de las empresas militares más asombrosas y desastrosas al mismo tiempo. Napoleón puso rumbo al lejano Egipto y emprender una colonización de las tierras de los faraones en manos otomanas.
En la expedición egipcia Napoleón se encontró una forma de debilitar económica a él que fuera si primer gran enemigo, Inglaterra, pues al controlar esa zona debilitaría la ruta comercial inglesa hacia la India. Napoleón llevo a las áridas tierras de Cleopatra y Tutankamón los ideales de la Revolución, pues a parte de los soldados llevó un ejército de científicos e intelectuales que aprovecharon la ocasión para investigar los misterios que ocultaba la mítica tierra bañada por el Nilo. Famoso es el descubrimiento del lenguaje de los jeroglíficos por parte del egiptólogo Champollion. Napoleón contempló las pirámides y dijo la lapidaria frase: "Soldados, desde lo alto de esas pirámides, veinte siglos os contemplan". También se dice que paso una noche dentro de la faraónica tumba.
Durante los años egipcios Napoleón se dio de bruces con el primero de sus grandes rivales, el almirante británico Horario Nelson, quién dio la primera de sus estocadas al ambicioso general en la batalla del Nilo. La campaña egipcio fue no tan brillante como esperaba el corso, pues a pesar de los éxitos iniciales, el avance hacia Acre no iba como esperaban cosas que acabo en desastre. Napoleón tuvo que huir junto a sus generales escondido en una goleta a través del mediterráneo para evitar las naves inglesas.
Vuelto a Francia, contempló que el gobierno revolucionario estaba llevando al país al caos, por lo que se involucró en un golpe de estado que arrebató el poder al Directorio y formó el nuevo gobierno llamado Consulado, compuesto por tres cónsules: Joseph Sieyès, Roger Ducos y el propio Napoleón. Aquí surge la otra faceta de Bonaparte, la del intrigante político, capaz de manejar la situación a su antojo para obtener grandes beneficios. Tal es el caso que fue capaz de cambiar la constitución y proclamarse Cónsul único y vitalicio. Amasando ya todo el poder, Napoleón introdujo una serie de reformas como un concordato con la Santa Sede que le sirvió para ganarse el apoyo de los jerarcas de la Iglesia y los católicos pudientes. También destacó la introducción del llamado Código Napoleónico, un conjunto de leyes que asentaron el futuro de los códigos civiles de la actualidad. Este fue uno de los logros de los que más orgulloso se mostró Napoleón en el ocaso de su vida.
Pero en 1802 Napoleón dio un giro que sorprendió a medio mundo. Tras haber amasado todo el poder posible de la República al ser nombrado Cónsul vitalicio, ya nada quedaba para afianzarse como el primer hombre de Francia. Pero Napoleón siempre conseguía sorprender. Dando un vuelco a la forma de gobierno de Francia, después de descabezar (literalmente) a la monarquía Francia pasaba de ser una república revolucionaria a un imperio, los que antes se llamaban de forma igualitaria ciudadanos, volvían a utilizar el uso del Antiguo Régimen de señor. Napoleón tuvo lo santos bemoles de auto coronarse en una ceremonia grandiosa y glamurosa en la imponente catedral de Notre Dame con la presencia del mismísimo Santo Padre, como Emperador de los franceses y su esposa Josefina como emperatriz. Nadie previó este rumbo rocambolesco que el corso dio, tanto que el divino divino Ludwig van Beethoven mientras componían su Tercera Sinfonía al enterarse de la coronación de Bonaparte borró con la furia que albergaba el inmortal compositor de Bohn la dedicatoria que le dedicó al que fuera su héroe de juventud, haciendo un agujero en el manuscrito.
Bonaparte imbuido de toda la pompa que el nuevo estatus de emperador volvió a bullir en su interior las ansias de conquista. Aunque intentó establecer relaciones de amistad con las monarquías europeas Gran Bretaña veía peligrar su hegemonía en el mar y convenció a varios monarcas para hacerle la guerra a la Francia napoleónica. El emperador sopesó la idea de invadir las islas británicas pero comprendió que sería una empresa costosa y difícil, sumado a la derrota de la coalición hispano-francesa en las costas de Cádiz ante la flota británica en Trafalgar. Pero esto no desánimo al emperador que volvió sus tropas hacia Austria donde alcanzó sus más grandes victorias.
El ejército napoleónico aplastó a la Tercer coalición en la batalla de Austerliz donde se enfrentaron tres emperadores: Napoleón I de Francia, Alejandro II de Rusia y Francisco I de Austria. Después tomó Nápoles entregándoselo a su hermano José como rey y Napoleón proclamándose Rey de Italia. Luego derrotó a la coalición ruso-prusiana tras lo cual estableció un tratado con Rusia tras lo cual dieron fin a la guerra y recortaron territorio prusiano.
El tratado de Tilsit fue uno de los momentos más apreciados por Napoleón. Reunido con Alejandro II de Rusia y Francisco I de Austria, Napoleón supo desenvolverse entre sus iguales coronados como pez en el agua, demostrando que no solo era el gran estratega militar que coleccionaba reinos para sus hermanos, si no que era un negociante excelente, un político sin escrúpulos y un gran manipulador. Napoleón tenía en gran estima a su homólogo ruso y entre los dos surgió una relación muy estrecha que solo sería rota con la invasión francesa a Rusia.
Napoleón colocó a sus hermanos en sendos reinos conquistados. José fue primero rey de Nápoles y luego le entregaría España, dándole Nápoles a su general y cuñado Murat y a su hermana Carolina, a Luciano le entregó unos principados italianos, a Luis le entregó el recién creado reino de los Países Bajos y a Jerónimo el reino de Westfalia. Esto sumado a la creación de la Confederación del Rin, pequeños estados alemanes, demostraban el afán de conquista del corso y su dominio de toda Europa bajo el águila napoleónica. Pero cometió el peor error de su vida meterse con el país equivocado.
En España reinaba inepto e incompetente Carlos IV, más aficionado a cazar que a gobernar sus reinos, incapaz de rodearse de buenos ministros como hiciera su padre y paseando los cuernos que su esposa, la reina María Luisa, le ponía con el sinvergüenza del valido Manuel de Godoy. Las tensiones entre el rey y su sucesor Fernando saltaron en el famoso Motin de Aranjuez, donde el hijo quiso destronar al padre pero le salió el tiro por la culata. Napoleón viendo el sindios que era la Corte española, ideo un plan.
Trasladando a la familia real a Francia les hizo firma un tratado para que el ejército francés atravesará la península hacia Portugal para derrocar a la familia real portuguesa, aliada de Gran Bretaña y así castigarla. Pero con la familia real en su poder impuso a su hermano José como nuevo rey de España, haciendo abdicar tanto a Carlos como a Fernando, comenzando la invasión a España. Pero había con una cosa que no contaba. El pueblo español no vio con buenos ojos la presencia de los soldados gabachos y la mecha que encendió la Guerra de Independencia española con el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, que desató una oleada de luchas entre el pueblo español y las fuerzas francesas invasores. Varias derrotas sufrieron los generales de Bonaparte, siendo la más famosa la batalla de Bailén de la colación hispano-britanica al mando del británico Duque de Wellington. José Bonaparte huyó de Madrid arranblando con lo que le cabía en el carruaje y Fernando retornó como rey para desgracia de nuestra patria. Napoleón subestimó el carácter de los españoles que no iban quedarse de brazos cruzados mientras fuerzas extranjeras tomaban sus plazas y calles, puede que trajeran reformas necesarias para esa España de cura y cacique, pero no iban a aceptarlas a las bravas. España se reformará sola, sin injerencia externa. El recuerdo de la ferocidad española acompañará al emperador hasta sus últimos días.
Esta primera gran derrota fue el principio del fin del imperio napoleónico. Para el cual Napoleón buscaba desesperadamente un heredero. Josefina, a pesar de ser el gran amor de Napoleón, mantuvo numerosos amantes, al igual que él, y durante su matrimonio no pudo darle un heredero legítimo. Por lo cual decidió repudiarla, tras lo cual Napoleón rebuscó entre las cortes europeas para encontrar a la candidata adecuada. Y la encontró en María Luisa de Austria, hija del emperador, la cual le dio un hijo, Napoleón II, rey de Italia que moriría joven.
Los tambores de guerra sonaban con fuerza y la mirada de Napoleón se fijó en la poderosa e inmensa estepa rusa. Los antigua aliados elevaron los sables cuando Napoleón, en una de sus más grandes y frustradas gestas, dirigió sus ejércitos hacia Moscú. Las huestes francesas derrotaron a los rusos en la Batalla de Borodino y entraron en una Moscú desierta, Napoleón había logrado lo imposible, tomar la capital del imperio ruso. Pero todo se esfumó cuando la ciudad, de manera fortuita comenzó a arder. La política de tierra quemada rusa dejaba sin nada a las fuerzas invasores, y quemando la imponente Moscú obligó al repliegue de Napoleón y su ejército. La gran retirada conllevó a la muerte de un gran número de hombres, resultando en uno de los fracasos más grandes del emperador.
Solo quedaba darle la puntilla y las naciones enemigas (Rusia, Austria, Reino Unido, Suecia, España y Portugal) derrotaron al ejército francés en la batalla de las naciones en Leizipg en 1813. Napoleón tuvo que replegarse a París donde las tropas de la educación entró derrotando definitivamente a Napoleón Bonaparte. La abdicación de Napoleón se firmó en 1814. Al otrora gran conquistador y poderoso emperador se le confinó en la Isla de Elba. Todo había terminado. ¿Seguro?
Napoleón se sentía como una fiera enjaulada, lamiendo sus heridas y recuperando su orgullo dañado. Quién tuvo toda Europa a sus pies, el heredero de Alejandro, Julio César y Carlomagno no podía terminar sus días en una misar isla dejado de la mano de Dios. Napoleón no había dicho su última palabra. En una misión audaz, tomó un barco y junto a un pequeño grupo de soldados llegó a las costas francesas. La noticia calló como un disparo de cañón: ¡el enemigo del mundo había escapado de Elba! En su camino a París, guarniciones de soldados de unían al retornado emperador y le acompañaban para devolverle el trono. En París reinaba la inquietud, el recién nombrado rey Luis XVIII mandó al mariscal Ney a parar al golpista corso. En una famosa escena para la historia se encontraron Napoleón y Ney. El depuesto emperador se adelantó solo ante los soldados del mariscal, abriendo los brazos les dijo: "Soldados del Quinto, ustedes me reconocen. Si alguno quiere disparar a su emperador que lo haga ahora". Conmovidos por su arrojo y su valentía, los soldados y el Ney bajaron las armas al grito de: "¡Viva el emperador!".
Sin pegar un solo disparo llegó a París, aclamado por el pueblo, mientras el orondo Borbón huía. El imperio de Napoleón volvía a estremecer al mundo ante tamaña hazaña. Pero por solo duró Cien Días.
Esto no gusto a las naciones, que veían que veían al enemigo envalentonado. La gran derrota final, que puso fin a las aspiraciones de volver a ser dueño y señor del mundo, se dio en la batalla de Waterloo, donde las fuerzas napoleónicas fueron vencidas ante la Sexta Coalición, encabezada por su mayor enemigo el Duque de Wellington. Napoleón vio truncadas sus ansias de una Europa unida bajo su manto, implantando sus reformas, equivocadamente a golpe de bayoneta. Se daba fin a la era napoleónica.
Exiliado a la isla de Santa Elena, Bonaparte dedicó sus últimos días a redactar sus memorias, donde descargaba su bilis contra sus enemigos y rememorando los viejos tiempos de la pompa imperial ante un pequeño grupo de admiradores. Pero la vida del pequeño gran hombre que, se quiera o no, cambió para siempre el rumbo de Europa, llegaba a su fin. Napoleón Bonaparte moría el 5 de mayo de 1817 a los cincuenta y un años.
Napoleón Bonaparte es una biografía inmensa, inabarcable, imponente, como el biografiado. Albert Manfred bucea en las fuentes de la época y las cartas de los involucrados para dar testimonio de los acontecimientos históricos que protagonizó el corso.
La principal característica que resalta el historiador soviético es la transformación que sufrió Bonaparte. Quién en principio era un soldado de paga escasa y muchas lecturas, arrogante y lengua afiliada, con sueños de grandeza y un ferviente devoto de la Revolución uniéndose a los jacobinos por su amistad con los Robespierre, acabó nadando en las turbulentas aguas del fin del Antiguo Régimen, jugando hábilmente sus cartas para alcanzar grandes beneficios, escalando en posición de gran poder, hasta acabar coronándose como Emperador de los franceses.
El gran salto de joven revolucionario, pasando por un general admirado y un brillante estratega, hasta acabar siendo un autócrata sin escrúpulos y un dictador arrogante que se veía con la soberbia de someter toda Europa bajo la bandera francesa, colocando a familiares y colaboradores en sendos tronos. Napoleón pudo cambiar el mundo, derribar los viejos y agrietados cimientos del Antiguo Régimen llevando a los pueblos oprimidos las brillantes luces de Ilustración y que todos vivieran en hermandad, igualdad y fraternidad bajo la bandera de la Revolución, pero su ambición lo llevó a creerse dueño y señor de Europa. Napoleón pecó de ambición al creerse invencible, tocado por el dios de la guerra y que la bandera tricolor y el águila imperial onderían por cada rincón del viejo continente. Pero tuvo grandes tropezones que llevaron a derrumbarse ese sueño de ser el nuevo Carlomagno.
La figura de Napoleón Bonaparte, para bien o para mal, redefinió para siempre la historia europea. Su pequeña figura se engrandeció con impresionantes gestas militares, elevándolo al Olimpo de los grandes genios y estrategas, pero también se ensombreció por una codicia sin límites que lo llevó a sembrar los campos de Europa con miles de cadáveres. Hijo de la Ilustración, baluarte de las bondades de la Revolución, enemigo del mundo, ambicioso, cruel, inconsciente, arrogante, pasional, astuto, manipulador, héroe, dictador, libertador, asesino. Solo alguien tan trascendental puede generar tantas calificaciones para una sola persona.
Un libro inmenso acorde a tal inmenso personaje. Si ya tuve un pequeño aperitivo hacia la figura del pequeño general corso en el libro de Stendhal, con este he podido degustar un banquete inmenso sobre la vida del perit caporal. Yo no experimentaba una lectura tan pausada como con esta biografía, doce meses de tranquila lectura me han llevado pues el personaje lo merecía. He disfrutado y he sufrido a partes igual, experimentando emociones contradictorias como el gozo de seguir leyendo o la desesperación del abandono derrotado por la envergadura del libro y por algunos momentos tediosos, pero siempre me volvía a impactar, como el estruendo de un cañón, la espectacular narración de las batallas o las interesantes intrigas palaciegas. Una lectura lenta, difícil en ocasiones, pero satisfactoria como una victoria en el campo de batalla. Solo queda dejar al protagonista despedir esta reseña con su propia voz: " No usurpe la corona, la encontré tirada en la cuneta y la recogí con mi espada, fue el pueblo el que me la pusi en la cabeza. Quien salva una nación no viola ninguna ley". Genio y figura.








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