Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa
"Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. El era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la Plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe."Hay obras tan monumentales que uno puede llegar a sentir vértigo a la hora de leerlas. Ya no por su longitud si no por lo que representan. Son obras que han trascendido, alcanzado un estatus de atemporalidad que con cada año que pasa y una nueva generación la descubre sigue aumentado relevancia. Son obras que han conseguido trasformar el lenguaje en algo que sobrepasa más allá de la comunicación elevándolo a algo que roza el mismísimo arte. Mario Vargas Llosa fue uno de esos grandísimos literatos que era capaz de hacer eso, incluso más. Desde sus primeros cuentos y pasando por sus mejores novelas como La ciudad y los perros o La fiesta del chivo (mi favorita), fue perfeccionar la divina lengua española.
De toda su producción literaria la novela que más cariño le tenía, la que más trabajo y dolores de cabeza le dió y la única que salvaría del fuego es sin duda su obra más compleja, una novela enorme con una estructura tan endiablada como genial, donde las barreras de la novela fueron derribadas con una arquitectura narrativa brutal. Una simple conversación entre dos hombres desencadena un torrente de voces que se cruzan entre el pasado y el presente, un narrador que desaparece e interpela directamente a los personajes. Y sobrevolando una pregunta ¿cuándo se jodió el Perú? Con muchísimo gusto os presento: Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa.
Santiago Zavala o Zavalita como lo conocen familiarmente, se encuentra con un viejo conocido del pasado cuando va a rescatar a su perro de la perrera. El zambo Ambrosio, forma de llamar a los negros en el Perú, antiguo chófer de don Fermín, padre de Zavalita, malvive matando perros por una epidemia de rabia. Zavalita invita a Ambrosio a tomar algo en un lugar llamado La Catedral y allí, en una conversación que se alargará durante cuatro horas, el pasado, el presente, la prosperidad, la corrupción, la degradación, la miseria y oscuros secretos irán viniendo entre cerveza y cerveza.
La arquitectura narrativa que don Mario levanta puede confundir al principio, pues hay momentos donde la narración se ve interrumpida por diálogos que apostillan o cuando hablan unos personajes la conversación de los dos protagonistas aparece de pronto. Una lectura al principio confusa pero conforme se le coge el tranquillo de vuelve fascinante.
Cuatro personajes son los que sostienen la historia, a la que se suman una pléyade de personajes secundarios cuyas historias enriquecen la narración. El primero es Santiago Zavalita. Hijo de una familia acaudalada con conexiones con el gobierno dictatorial del general Manuel Odría (tema central de la novela), formada por sus padres don Fermín, doña Zoila y sus hermanos la alocada Teté y el problemático Chispas. El supersabio, como lo llaman sus familiares, vive una constante sensación de pesimismo, disfrutando más en la mediocridad que en el futuro brillante que esperan de él como abogado. Ha acabado desencantado en todo lo que ha buscado en la vida, como sus ideales comunistas motivados por un amor de universidad, perseguidas por la dictadura, que casi le cuestan la cárcel si no es por mediación de su padre. Hastiado de que su familia le atosigue para ser lo que no quiere ser, se alejará de ellos y acabará trabajando en el periódico La Crónica en la sección de crímenes donde conocerá un echo sangriento que parece estar relacionado con su padre.
Ambrosio Pardo ha estado trabajando toda la vida. Parece haber encontrado la estabilidad como chófer de Cayo Bermúdez un oscuro personaje que trabaja en la sombra para el gobierno de Odría. Conoce a una chica llamada Amalia de la cual se enamorará y se casará teniendo una relación tormentosa. Ambrosio cambiará de trabajo al ponerse al servicio de don Fermín, padre de Santiago y entre los dos se dará una relación muy estrecha e inconfesable.
Cayo Bermúdez es el personaje más amoral de la novela. Empresario sin escrúpulos es convocado para entrar en el gobierno por el general Espina, segundo del régimen. Tendrá un cargo de responsabilidad para con la represión, que ejercerá con mano de hierro con la ayuda de sus dos secuaces policiales Ludovico e Hipólito. Hombre cruel, ambicioso y taimado, hará lo posible para alcanzar sus viles propósitos aplastando a cualquiera que se interponga en su camino. Junto a él estará su amante Hortensia, la Musa, decadente cantante a la que mantiene en un estado constante de borrachera en fiestas salvajes y a la que dará la patada cuando las cosas se le pongan feas.
Don Fermín, o como lo conocen Bola de oro, es sobre quien cae el gran secreto de la novela. Empresario de éxito y padre anegado sobre todo con Santiago, se verá envuelto en una conspira contra el régimen que le hará perder buena parte de su patrimonio lo llevará a caer en depresiones que lo llevan a retirarse en una casa de veraneo junto a Ambrosio al que comenzará tener una relación muy estrecha.
Durante la larga conversación entre Zavalita y Ambrosio irá pululando ese oscuro secreto que tanto daño a causado en el corazón de Santiago, y con forme vamos avanzando en la historia se va desentrañando ese secreto a pesar de las reticencias y respuestas vagas de Ambrosio.
Pero sin duda el gran tema que sustenta la novela es como un régimen dictatorial con sus políticas autoritarias que constriñen la libertad y contagian un aire de pesimismo y conformismo a la población. Todo ello gira a la pregunta que Santiago se hace en el clásico comienzo de la novela, uno de los más grandes de la literatura en español. Mientras observa la avenida Tacna desde la puerta del periódico donde trabaja, una imagen descolorida, apagada, gris, sin amor se le presenta ante sus ojos y le surge la pregunta clave: "¿En qué momento se había jodido el Perú?". Santiago Zavala expresa con esa pregunta como el régimen de Odría había llevado al pais a un estado de letargo donde el desaliento embarga a la población. Todo jodidos a igual que el Perú jodido.
Vargas Llosa vivió el ochenio odríista cuando era un joven y plasma ese lóbrego ambiente al haberlo padecido en sus carnes. No se planteo escribir una novela histórica al uso, si no más bien trasladar un momento político y social del Perú de su juventud a través de su personaje protagonista que es una especie de trasunto del autor. El general Odría no sale en la novela, pero su presencia es omnipresente al ser nombrado por los personajes, como un recuerdo perpetuo de la omnipresencia del poder del estado cuyos largos tentáculos asfixian al pueblo a base de represión.
Conversación en La Catedral es un monumento grandioso de la novela. Mario Vargas Llosa convirtió sus recuerdos de juventud en un torrente de palabras que se desbordan en un río imparable, con un caudal tan profundo que puede ahogar a aquellos que no sepan nadar en la buena literatura. Porque las grandes obras son capaces de dejar sin aliento por su majestuosidad literaria, una grandiosidad tal que hace que pasen los años siga igual de viva como cuando vieron la luz.
El español que utiliza Vargas Llosa es aún más rico porque mezcla la lengua heredada de la conquista con un sinfín de localismos propios del Perú enriqueciendo la lectura. Los personajes hablan cada uno en si contexto social volviéndolos seres tangibles. No hablan igual alguien como Santiago Zavala quien ha tenido el privilegio del acceso a una buena educación o el zambo Ambrosio, seguramente analfabeto y llevado a trabajar desde bien pequeño.
Está ha sido sin lugar a dudas una de las mejores lecturas si no del año de mi vida. Leer a quien considero el último autor clásico de la literatura y encima uno de mis autores predilectos, es algo tan gratificante, tan único, tan extraordinario. Zambullirse en la buena literatura es entrar en un mundo de sensaciones fascinante que vuelve la lectura en algo maravilloso. Gracias don Mario allá donde este por este monumento literario.

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