El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina
"En los caminos eran posibles todos los encuentros. La parsimonia de las conversaciones entre don Quijote y Sanco es la de un itinerario a lomos de un animal que avanza sin prisa. Lo que se ve venir al fondo del camino, sobre todo en el calor del verano, se va precisando muy poco a poco, sea una figura solitaria o un grupo de gente, y la distorsión óptica del aire muy caliente provoca espejismos en la distancia. En esa claridad exvesiva y un poco enturbiada un molino de viento puede emerger del horizonte cercano como el torso macizo y la cabeza de un gigante. La polvareda y el estrépito de un rebaño de ovejas, acompañados por los gritos y los silbidos de los pastores, el clamor de los cencerros, los ladridos de los perros, tenía algo de ofensiva militar, de invasión de un ejército primitivo y bárbaro". El verano de Cervantes.Uno de los grandes recuerdos de infancia que atesoro es estar en un Carrefour con mi padre. En la zona de libros quede impresionado por un libro grande, de un color azul muy llamativo con el dibujo de dos hombres, uno con bigotes largos, alto y muy delgado con una armadura, un sombrero redondo de color amarillo que le falta un trozo en la cabeza y una espada en la mano y otro detrás del alto, más bajito, gordo y con barba de varios días, vestido como un labriego. Al fondo un caballo escuálido y un burro. Encima de ellos hay letras de oro y una Q enorme que dan título al libro: Don Quijote de la Mancha de un tal Miguel de Cervantes Saavedra. Al abrirlo lo primero que vi fue una ilustración preciosa donde mezlcaba dibujo con una fotografia real como fondo del hombre vestido de armadura estrellandose contra un molino de viento que tenia una cara maligna y el hombrecillo regordete alzando las manos alarmado. No recuerdo si le pedi a mi padre que me lo comprara solo se que en casa comence a leerlo con un estusasimo raro en mi, pues yo lo unico que leia eran tebeos de mis adorados Mortadelo y Filemón, aunque parezca mentira mi aficion por la lectura llego tardía, cuando tenia unos diezocho años o asi, pero aquel libro me fascino, le leia y releia maravillado tanto por la historia de esos dos hombre recorriendo España viviendo avenutras y por las bellas ilustraciones.
Con el correr del tiempo descubrí que aquel libro no era más que una versión infantil y muy accesible de la obra más importante de las letras españolas y uno de los pilares que sostienen la literatura universal, junto a Homero, Dante, Shakespeare y Montagnie, y con un poco más de edad lei la obra original lo cual fue amor instantaneo. Miguel de Cervantes abrió un camino que todos los novelistas y narradores que vinieron detras de él han sido influenciados, en mayor o menor medida, con las andanzas del Caballero de la Triste Figura. Podría pasarme horas escribiendo sobre El Quijote pero esta reseña no habla solo de la obra inmortal de Cervantes, si no de como uno de nuestros mejores autores ha escrito uno de los libros más hermosos sobre ella. Un libro bello que mezcla un amplio conocimiento sobre la novela cervantina, un analisis literario de como en ella se encuentran todos los artificios y entresijos de la novela y una especie de memorias donde el dulce recuerdo por las lecturas veraniegas y juveniles desprenden una pasión contagiosa. Con muchísimo gusto os presento: El verano de Cervantes de Antonio Muñoz Molina.
El libro se puede escrito en capítulos cortos se puede dividir en dos partes bien distintas. Una son los recuerdos, memorias y nostalgias que Muñoz Molina tiene de su sus primeras lecturas del Quijote, en una edición antigua en sus tiempos mozos mientras vivía en su Úbeda natal, con imágenes de un joven Muñoz Molina descansando en la era al calor de la tarde estival, sumergido en las raídas páginas de su libro, acompañando al Caballero de la Triste Figura y su escudero por los caminos en busca de aventuras de las que casi siempre acaban descalabrados.
El futuro autor de obras capitales de nuestras letras como El invierno en Lisboa o El jinete polaco, sintió en sus primeras lecturas un acontecimiento tan extraordinario, que no pasan los años sin que vuelva releerlo con el mismo gusto y pasión que esas primeras lecturas, sazonadas por la nostalgia de aquel tiempo que se quedó parado en las templadas tardes de un verano ubetense. Cervantes abrió un camino que le llevó a un viaje literario por los grandes nombres que le formaron como futuro académico de la lengua y premio Príncipe de Asturias. Porque es innegable la estela que dejó el Manco de Lepanto en los novelistas que siguieron. Dickens, Melville, Flaubert, Joyce, Balzac, Twain o Thomas Mann no podrían haber escrito sus obras maestras sin las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza.
Yo personalmente no soporto el verano. Como hijo de la tierra murciana donde el sol no se va ni en invierno y aprieta el calor con la intensidad de un horno de leña, se lo agradecido que es estar a la sombra cuando aprieta el Lorenzo. Pero para Muñoz Molina el verano es sinónimo de Cervantes y su Quijote. No solo por el dulce recuerdo de las lecturas veraniegas si no porque las aventuras del caballero manchego y su fiel escudero trascurren durente el estío. Don Quijote sale de su pueblo armado con las oxidadas armas de sus antepasados a lomos del saco de huesos de Rocinante en pleno verano. Ya lo remarca Cervantes (o Cide Hamete según se mire) cuando el inclemente astro rey manchego casi funde los pocos sesos del pobre caballero, si es que aún le quedan algunos tras pasarse leyendo los días de claro en claro y los noches de turbio en turbio.
Cervantes habla en su prólogo al lector ocioso por el verano, tiempo de asueto y relax donde el tiempo se vuelve lento y pesado y la mejor manera de llenar esos huecos de no hacer nada es leyendo.
Sancho agradece la oferta de su vecino de acompañarle en su correrías para dejar atrás las labores de trasiego y recogida de los campos. El bueno de Panza ve una oportunidad de ganarse algunos dineros solo montando a su buen rucio y sirviendo a su amo en lo que necesite. Qué poco esperaba el buen escudero que más que dineros recogiera palos, pedradas y manteos. Otro claro ejemplo de que ocurren en verano las aventuras es la escena de la procesión de los disciplinantes que sacan a la Virgen en rogativa para pedir por intercesión divina una lluvia que calme los ardientes y secos campos, y que don Quijote confunde la imagen doliente de Nuestra Señora con una dama secuestrada por los penitentes que él cree hechiceros.
Muñoz Molina nos habla también de las mujeres libro. Cervantes supo mostrar que sus personajes femeninos no eran simples figurines de cartón que aparecían soltaban sus frases y desaparecían tras bambalinas. Son personajes que no necesitan sentir que otros muevan sus destinos por ellas, ellas son dueñas de sus destinos. Claro ejemplo de la pastora Marcela. Cuando don Quijote y Sancho se internan en los campos y se guarnecen con unos pastores, estos le cuentan la historia del amor imposible entre el malogrado Crisóstomo, muerto por la indiferencia de Marcela. A esta pastora de belleza extraordinaria los pastores le atribuyen un temperamento altivo y soberbio, causante de que muchos jóvenes se lancen al monte, vestidos de pelliza, para enamorar a la enemiga del género humano. Crisóstomo ha sido el último que ha muerto por no tener su amor y a su entierro acuden nuestros protagonistas. Allí escuchan su Canción desesperada, últimos versos escritos por el finado donde descarga todo su dolor por la pérfida Marcela. Apoteósico es el momento cuando aparece ella, dejando a todos asombrados por su belleza y su apasionada defensa de su persona y su libertad. Ella no es responsable de que aquellos infelices se hayan enamorado tan locamente. Pues solo quiere se libre corriendo las peñas con su rebaño ajena al mundo, sin molestar a nadie. Que Crisóstomo haya muerto no es responsabilidad de Marcela, sino de su mala cabeza y su nula posibilidad de aceptar el rechazo.
Cervantes volcó todo aquello que vio cuando trabajaba de recaudador para la hacienda real en su obra. Recorriendo los pueblos en mulas de alquiler deteniéndose en ventas para pasar la noche. Esas ventas llenas de gentes de paso, arrieros con recuas, funcionarios o señores que buscan un plato caliente que temple es el estómago y un buen lecho que calme el cuerpo dolorido del viaje. Allí escribiría las aventuras de su Quijote y su Sancho trasladándolos a esas ventas, como las de Juan Palomeque el Zurdo, donde tantas sinrazones ocurre entre sus cuatro paredes. Cervantes elevó a la venta a la categoría de lugar mágico donde todo es posible.
El verano de Cervantes es una obra maravillosa que desborda amor por la más importante obra de nuestras letras. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y su segunda parte El ingenioso caballero don Quijote la Mancha son inmortales, como inmortal es su autor. Aquel veterano de Lepanto, que llevó como medallas las heridas de arcabuz en su pecho y su mano tullida, que soportó el cautiverio en Argel con el espíritu indomable intentando cuatro fugas que fueron frustradas. Aquel apasionado de las letras que tuvo la mala suerte en los corrales de comedias por no poder triunfar donde reina el Príncipe de los ingenios y se reinventó al ser el primero en novelar en castellano con sus Novelas ejemplares. Aquel autor que trajo al mundo al hidalgo fuerte que a tanto extremo llegó de valiente, burlando a los malos escritores que tanto daño hacían a los lectores con sus historias de gigantes, duendes y castillos encantados, con su inmisericorde pluma parodiando el género caballeresco a través de sus accidentadas aventuras.
Pero el Quijote es más que una parodia de los libros de caballerías. En sus páginas se encuentra todo, en el se abarca todo. Cervantes hizo lo que nadie había hecho hasta que se sentó a escribir las locuras de su don Quijote. En el se encuentran todos los géneros novelescos posibles, hay enredos como los amores entre Cardenio y Dorotea, hay terror como en el episodio de los batanes y los encamisados, hay comedia como en los numerosos equívocos que la locura de don Quijote le llevan a confundir gigantes con molinos, rebaños con ejércitos y una bacía de barbero con un yelmo prodigioso.
Cervantes hace que sus personajes hablen, charlen, conversen sin parar. Los deliciosos coloquios entre amo y escudero hacen que los conozcamos con mayor profundidad. Don Quijote pasa de ser un viejo loco trastocado por sus lecturas que explota en arrebatos de ira a un sosegado hidalgo que es capaz de hablar de cualquier tema demostrando una gran erudición y educación. Y el bueno de Sancho tanto pasa de ser un simplón ganapán, de buen corazón y lengua suelta llena de refranes capaz de creerse que será gobernador de una ínsula por valor de su señor, a un hombre con la cabeza muy bien amueblada capaz de sentenciar con más sabiduría que el rey Salomón.
A lo largo del viaje los dos van haciendo una simbiosis tal que el Sancho es capaz de creerse sus mentiras para salir de un embrollo, como hacer creer a don Quijote que unas aldeanas son la sin par Dulcinea y sus doncellas, y como este no las reconoce como tal infunde el artificio de que han sido encantadas por los sabios enemigos que le persiguen. Sancho se quijotiza y son Quijote de sanchiza.
Antonio Muñoz Molina ha escrito una obra que es un canto de amor a la obra magna más universal de la literatura. La deuda que la novela tiene en la primera novela moderna es innegable. Para todos los que amamos al Quijote leer como analiza como gran novelista que es sus entresijos es una absoluta delicia y para aquello que piensen en embarcarse en el más extraordinario viaje literario jamás escrito, es una buena guía para acompañar esa primera lectura y poder crear un recuerdo tan maravilloso e imborrable como los veranos en Úbeda donde Muñoz Molina lo leía de joven. Vale.


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