El Reino, Emmanuel Carrère
"Muchas personas pueden vivir toda su vida sin que les rocen estás preguntas, y si las hacen es de una manera muy fugaz y no les cuesta sacudírselas de encima. Fabrican y conducen coches, hacen el amor, charlan junto a la máquina de café, se irritan porque hay demasiados extranjeros en Francia, preparan sus vacaciones, se preocupan por sus hijos, quieren cambiar el mundo, tener éxito, cuando lo tienen temen perderlo, hacen la guerra, saben que van a morir pero lo piensan lo menos posible, y todo esto, a fe mía, es suficiente para llenar su vida. Pero existe otra clase de personas para los cuales no basta. O es demasiado. En cualquier caso, no sé conforman con eso. Podemos debatir sin fin si son más o menos sabias que las otras, lo cierto es que nunca se han recuperado del estupor que les prohíbe vivir sin preguntarse por qué viven, qué sentido tiene todo esto, si es que lo tiene. La existencia es para ellos un signo de interrogación y aunque no excluyen que este interrogatorio no tenga respuesta la buscan, es más fuerte para ellos".Emmanuel Carrère se ha convertido en un más que bienvenido visitante de este humilde blog. Desde el primer encuentro con su libro más popular y estremecedor donde narra hasta donde fue capaz de llegar un mentiroso detestable para llevar hasta un límite terrible su mentira. Luego vino la mejor biografía que se podía escribir sobre uno de los más alucinados y originales de la ciencia ficción (reseña aún por escribir). Y el último es un testimonio humano y descarnado sobre uno de los peores atentados terroristas de la historia modena francesa.
En todos sus libros siempre se ha deslizado entre la figura omnipresente del cronista que se dedica a narrar la historia y el testigo presencial que participa de la acción dando su opinión. Desde hace tiempo que la ficción se ha difuminado de su obra y tanto la vida misma, como su propia experiencia vital, se han convertido en fuente de inspiración para sus libros. En uno de sus mejores libros volvió a narrar un episodio de su vida y una exhaustiva investigación sobre los primeros años de uno de los credos más importantes del mundo, en una obra impresionante que cuenta el poder inconmensurable de una fe que ha sido capaz de llenar los corazones de sus creyentes por más de dos mil años. Con muchísimo gusto os presento: El Reino de Emmanuel Carrère.
Carrère tuvo su propia caída del caballo en su camino de Damasco durante los noventa. Durante tres años experimento una fe enorme en Jesucristo nuestro Señor y Salvador, que lo llevó a una conversión que le dio más quebraderos de cabeza que felicidades.
En un principio Carrère abrazo la fe con un amor intenso, brillante, la gracia del Espíritu Santo inundó su alma y lo llevó a ir a misa diaria y leer con devoción el Nuevo Testamento, de los cuales llevo un diario donde comentaba las impresiones que le causaban esas piadosas lecturas. En ese recorrido por los caminos del Señor, recibió el consejo espiritual de su madrina, una mujer de grandes capacidades intelectuales y una profunda fe católica. Ella lo acompañó en su conversión y le regaló una foto que ayudó a una amiga suya a encontrar la fe en la que aparece supuestamente el rostro de Jesús entre unos árboles. Estaba lleno por la gracia, tanto que bautizó a sus hijos bajo el rito católico.
Pero aquel camino de fe le duró poco. El escepticismo fue socavando poco a poco una fe que creía fuerte y profunda. De ferviente católico volvió a ser el Emmanuel Carrère agnóstico que siempre fue, pero algo de aquella experiencia le quedó la sombra del proyecto de un libro sobre el cristianismo primitivo. Alejado de la fe, decidió empaparse la de historia los primeros cristianos, en especial de Pablo y el evangelista Lucas, leyendo y documentándose tanto de autores católicos como no cristianos. Y sobre eso trata la segunda parte del libro.
En una mezcla soberbia de la novela sin ficción, tan acorde al autor, la crónica, el ensayo histórico y la exégesis desacomplejada. Carrère narra el nacimiento del cristianismo con desparpajo y el resultado es brillante.
La acción se centra en dos personajes claves. El primero es Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles. La historia de este pilar de la iglesia inspiró una novela magnífica de Taylor Cadwell que reseñé aquí. Pero para refrescar resumidamente esta. Saulo, un fariseo erudito nacido con ciudadanía romana, guarda celosamente la Ley y se bautiza con sangre al contemplar la lapidación de un joven Esteban, miembro de una secta cuyo líder fue sentenciado a muerte por blasfemo y crucificado por los romanos y cuyos discípulos van diciendo que ha resucitado de entre los muertos. Tras esto se volvió un férreo perseguidor de estos fanáticos que tanto daño estaban haciendo. Hasta que en el camino de Damasco un suceso extraordinario le cambió la vida. El mismo Jesús se le apareció preguntándole porque le persigue.
Tras su conversión, Saulo comenzó a ser conocido por su nombre romano Pablo, y se dedicó en cuerpo y alma a recorrer el mundo llevando la palabra de Jesús, el Cristo resucitado.
Carrère nos presenta a un Pablo obstinado, defensor a ultranza de que el Fin de los tiempos está cerca y todos aquellos que se bauticen en nombre de Cristo y crean en él serán salvados. Viajero incasable fundó numerosas comunidades de nuevos creyentes acompañado de varios discípulos y colaboradores muy cercanos, entre ellos el principal es un médico griego llamado Lucas.
Pero claro, sus enseñanzas chocaban con los seguidores de Jesús con Pedro y Santiago, el llamado hermano del Señor, a la cabeza. Estos, apóstoles de Jesús, osea sus más cercanos discípulos, eran judíos que guardaban la Ley junto a creer que su maestro era el Mesías verdadero prometido por Dios. Por lo tanto, cumpliendo la misión última del resucitado de ir por el mundo y convertir a todos los hombres, los que se unieran a la nueva fe deberían cumplir los mandatos de las leyes judías. Pero Pablo creía lo contrario. Aquellos que se convertían no deberían hacerse necesariamente judíos. La buena nueva era para todos los hombres, judíos y gentiles, hijos de un mismo Dios salvados por su Hijo con su sacrificio.
Carrère presenta las disensiones entre los primeros cristianos como una pugna entre quien tenía razón, los judeocristianos que guardaban la Ley y anunciaban la resurrección, o los cristianos paulinos que rechazaban la tradición judía siguiendo exclusivamente las enseñanzas del galileo.
Lucas por su parte, tras acompañar al infatigable Pablo, al morir su maestro decapitado en la primera persecución a los cristianos por parte del emperador Nerón, en la que los acusaban de ser los causantes del gran incendio de Roma, en la que también pereció Pedro crucificado cabeza abajo, se retira para seguir enseñando y predicando. Pero algo le barruntaba por la cabeza, toda aquella información recopilada debía ser preservada y conservada. Inspirado por un escrito que circulaba entre las iglesias, un texto que recopilaba la palabra de Jesús escrito por un tal Marcos, un discípulo cercano a Pedro que ha recogido todo lo que contó. Ese evangelio encendió la pasión por escribir todo lo que había visto y oído de parte de los principales protagonistas y que aquellos que no tuvieron la inmensa suerte de escuchar al maestro puedan llenarse de ellas.
El Reino es otro gran libro de Carrère. Solo alguien con su extraordinario talento podía escribir un híbrido entre el testimonio y el ensayo y sacar algo tan bueno. Una crisis de fe le motivo a volcar sobre el papel la efímera transformación católica que experimento, viviendo por poco tiempo imbuido por la gracia. Pero aquello le duró poco, pues su escepticismo ganó la partida a la fe, viendo que aquello era algo estúpido, valiéndole más hacer yoga que rezar al Altísimo.
Pero esto no es una crítica a la fe o a la Iglesia, es más un intento de entender la pervivencia de la institución por más de dos mil años. Como para algunos el verdadero cristianismo solo duro lo que aquellas primeras comunidades vivían en hermandad, celebrando sus ágapes tomando el pan y el vino para conmemorar las palabras del Maestro: "haced esto en conmemoración mía".
También le interesa el poder transformador de la fe, llenado de una especie de alegría la cual le estaba vedada por su carácter. Como para algunas personas los interrogantes de la existencia les superan tanto que buscan hasta debajo de las piedras cualquier respuesta que rellene ese agujero negro de incertidumbre. Para algunos es la filosofía, otros las corrientes de pensamiento orientales algunos por desgracia caen en sectas peligrosas, y otros encuentra la fe, de igual si es en Jesucristo, Yahvé o Alá.
Como católico he disfrutado el relato de aquellos primeros tiempos, tan cercanos al Maestro, con la incansable labor de Pablo. Puedo dejar de lado mi fe y leer con un sentido crítico la parte histórica, pero me es imposible de creer que san Pablo (aquí ya uso el san) fuera un oportunista que llevado por el fanatismo tergiversara el mensaje para su propio beneficio. San Pablo a través de sus cartas hablaba inspirado por la gracia del Espíritu Santo, y su labor fue necesaria para la que la iglesia fuera para todos los hombres y todas las naciones. Puede que esté equivocado pero es lo que creo.
Como complemento a la lectura de la bellísima novela de Christian Gálvez, donde la fe es el motor de la obra, leer una obra alejada de la creencia sirve para expandir horizontes y crear un sentido crítico, y en mi caso a fortalecido mi fe. A diferencia del autor que la recibió con gozo y la perdió con amargura, yo la siento más fuerte y solo puedo terminar con las palabras de San Pablo en su carta a los Filipenses: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". Amén.
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